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No fui, no hizo falta, uno más, uno menos, sin importancia, un grano de arroz que no se ve y cuya voz se escucha a dosis en un blog que levanta miedos y agrega terrores.  El año pasado caminé, me encontré alegres rostros y gente solidaria con los mecanismos y ONG que luchan porque tengamos nombres y respetos.  Este año decidí hacer caso omiso, quedarme en casa, ver un DVD y olvidar el ring de boxeo en que se ha convertido, tiempo otrora, el mundo gay meridano.

Iré y caminaré cuando vea una marcha decente, planificada con las creces de amor y de unión por una lucha en la cual entremos todos, sin distingo de raza, nacionalidad, posición política y moral. Donde no solo seamos un botiquín de primeros auxilios de políticos que ven en nosotros  el nevado de la torta y la carne de cañón de sus dominios é intereses políticos. Caminaré con mi brazo abierto y codo a codo con la sapiencia de un buscador de buenas nuevas.

La 7a Marcha lésbico gay Mérida 2007 tiene la misma factura que la del año pasado, quizá la misma de todos los años, con una parada en el palacio de gobierno, fotos con la gobernadora que baja y un mohín a la prensa local que dirá: caminaron, marcharon. ..¿Porque? he allí el asunto.

Porque algunas personas que dicen ser de  grupos no representan a un colectivo, mucho menos a los colectivos de gays y lesbianas atemorizados, asustados de tanta homofobia, que conviven en Mérida, la blanca, la del engaño, la que no ha llamado las cosas por su nombre y que permite la pederastia de algunos miembros de la comunidad norteamericana que convive con nosotros y que lo hace a la orden del día con la vista gorda de todos. Porque no se ha hecho ni voz ni voto con la agresiva actitud contra todo aquel que además de gay ó lésbico lleve el signo de nuestros tiempos: ser HIV positivo.  Porque con sus pelucas de pésimo nailon coloreado nos dicen que vienen de intereses comerciales discotequeros que están al anillo periférico sur de la ciudad. No, no son de los que han llevado la marca en la piel, son transgénicos de un sector comercial que vende carne, risas de mal gusto y músculos sudados con genitalita afeitada a ras.

No, no danzaré con ellos, a pesar de ser una voz en el desierto extremo y sin sonido de una ciudad que se niega a ver el triste espectáculo de los sábados en una plaza grande llena de vendedores de sexo sin reglamento, con guiños de los que cuidan, con el silencio de sus carros que se llevan a los becerros a la degollina del sacrificio. Edificante edificio de pura mentira. No Iré, me quedaré en casa hasta oír el llamado limpio de aquellos que creemos en una unión democrática, viva y limpia, que nos unifique bajo un slogan de compromiso verdadero por las mejoras de los gays y las lesbianas que vivimos en Mérida y en el resto de la península de Yucatán. Cuando eso sucede y el aire huela a pureza y veredera amplitud de vida, caminaré y lucharé, antes no.

Gerardo Martínez