julio 2009


Gerardo Martínez

En el mundo que vivimos y arropamos mentalmente, los Medios de Comunicación Social, nacieron amparados en los preceptos democráticos de la libertad y la expresión del hombre, como base para vivir en un entorno común, donde todos poseemos privilegios y accesos a los bienes y servicios que el estado, que los estados, que las naciones  nos pueda proveer.

Entendido así, se establece una dialéctica entre la libertad del medio en cuestión y la libertad con la cual el mensaje se maneje dentro y fuera del medio, por donde transcurre al público. Esta dinámica se establece hasta llegar a extremos repetitivos y viciados del poder del mensaje emitido sobre el medio mismo. Se crea entonces una cadena interminable de situaciones donde el mensaje cubre el medio emisor con su “explayada” y libertina libertad. En palabras de científico social austríaco Paul Feyerabend, el progreso desmedido é incontrolado de  las libertades sociales crea un anarquismo contra la cual la misma sociedad debe buscar mecanismos de canalización que eviten el desborde de los medios de comunicación hacia situaciones incontrolables.

Ejemplificando esta situación con  Venezuela, vemos como después del fracaso de un sector político, al cual llamaremos “oposición”, los Medios de Comunicación Social, comprometidos hasta la saciedad con un sistema de libertades económicas, mal llevado por manejos de corrupción y burocratismo, toman el papel de partidos políticos y llenan con documentos que falsean la realidad, la misma política que atrás dejaron grupúsculos de poder cada día más empañados en aventuras políticas desestabilizadoras.

Es necesario pues hacer una afrenta a toda esta política de mercado maniqueísta, que viene pautado por grupos económicos y “culturales” enmarcados en las desvencijadas políticas neoliberales. Para ilustrar este detalle, debemos comentar que el 90 % de la información mundial proviene sólo de 4 industrias de la noticia. Ellas son: Associated Press, United Press Internacional, Reuters y Agence France-Press. Mientras que la noticia televisual deviene, en un 85 % de la CNN, CNBC y la BBC.

De acuerdo con los últimos estudios internacionales de mercado, la música grabada en el mundo sale en casi un 100 % de los estudios de la Sony, Poly Gram, EMI, Time Warner y Bertelsman Corporation. Y no decir del cine, cuya distribución esta “vendida” a la Disney, Viacom, Universal, Sony, MGM y News Corporation, dejando a un lado, y en una jauría sin piedad, a todo el cine arte que se filma ó graba en el mundo y por el cual nuestras salas nunca estrenaran una cara, una mirada, un movimiento, que provenga del África, del Asía, del Medio Oriente y de nuestro mismo continente.

Derivado de esta globalización incomible y asfixiante, el intelectual malayo Chandra Muzaffar, expone en su libro “Human Wrongs” que la única forma de salir de la noción liberal occidental del capitalismo, es crear una ideología práctica y constante basada en nuestras opciones y nociones particulares de nuestras culturas. Compartiendo este postulado se encontró también el humanista Anwar Ibrahim, venido del mismo país oriental que el exponente anterior, quien propuso en 1996, en su libro “El Renacimiento de Asia”, que la única salida que tenemos para combatir la globalización es crear, dentro de los países o instituciones oponentes a la misma, la figura de “Conveniencia Global”, donde cada quien aporte, desde sus posibilidades, un cambio para crear y hacer un mundo mejor adecuado a las sabidurías autóctonas de cada región.

Concluimos entonces que el estado debe poseer no sólo canales de difusión noticiosa ó ideológica, o una radio o TV de servicio público, también debe existir una serie de medios dedicados a la difusión de los valores de cada región. Lo ideal mediático estaría inscrito en una programación que vaya desde el acervo cultura-historia, cultura-sociedad, educación para todos, reafirmada y de fácil digerir y soportada por toda una plataforma de post-producción creativa que eduque a través del precepto universal del entretenimiento. Crear las historias patrias mundiales y universales en forma de comics para niños y, cómo no, también para adultos. La historia del mundo con sus pormenores y sus aportes. La historia de la música y de los cantos y melodías populares. El acontecer informativo explicado por sus protagonistas y no “mediatizado” por un grupo ó una institución, quien la desvirtúa de por medio. El cine, ese arte del movimiento y de la palabra dibujada y graficada. Mostrarlo todo, con recuentos, con los grandes directores y hacedores, pero también con aquellos artistas de la luz que necesitan la divulgación necesaria para ser conocidos y reconocidos.

Ahora hablemos de la radio. Imaginemos un mundo invadido por excelentes sonidos que nos van narrando la aventura de ser y de vivir. Estaría dicho todo, el día a día en voces. La opinión concreta, con el pueblo haciéndose ecos entre las ondas hertzianas. La radio debe ser impulsada hasta el extremo, porque es el medio inmediato y por que puede llegar a dondequiera sin estar presente el dónde y el cuándo.

Los medios impresos; quienes cada día sirven a grupos poderosos, detentores del poder, deberán estar inscritos en el análisis profundo, en el reportaje detallado. En la narración local. Debe darle cabida a las historias locales, a las narraciones y leyendas, así como también a la formación e información política.

Podríamos pensar que todo ellos es utópico, porque así nos lo ha enseñado la globalización: un mundo adiestrado a un mercado común. Una política dirigida al fin económico, sin la importancia del humano de por medio. Pero no, no es utopía un mundo donde cada quien navegue dentro de unos mares de sabidurías localistas y a su vez dentro de un mar universal que sintonice con la divulgación de otras cosas y de otros mundos que queremos conocer.

Que el reportaje en vídeo hable por si solo.

Por: *Cástor Díaz

Fecha de publicación: 27/07/09

NAPALM STRIKE

Sin querer ser agoreros o profetas del desastre desde nuestra modesta opinión queremos alertar sobre los planes de Estados Unidos de reeditar la situación provocada en el sudeste asiático en la década de los 60, cuando Vietnam del Sur comenzó jugando el mismo papel que Colombia en la actualidad, sirviendo de cabeza de playa para la agresión contra Vietnam del Norte, que se completó con el incidente del golfo de Tonkin, con el destructor norteamericano Maddox, el 2 de agosto de 1964, que fue tomado como pretexto por el pentágono para la abierta intervención atacando instalaciones militares y para pasar de 4.000 soldados en 1962, a 500.000 en 1967. Estados Unidos fue recibido por la Guerra de guerrilla, el Vietcong, fuerza liderada por el camarada Ho Chi Minh,el indoblegable, que venía de enfrentar a los dos imperios juntos el gringo y el galo. Estados Unidos venía interviniendo en Vietnam desde los años 50 cuando apoyó a Francia en la lucha desesperada que este imperio libraba por conservar su dominio colonial sobre el sudeste asiático. Esa guerra le costó a EE UU, 38 mil muertos y más de 300 heridos. El resto del contingente regresó adicto a las drogas. El Congreso de Estados Unidos en 1973, prohibió la intervención y las fuerzas invasoras salieron poco menos que a la carrera.

La situación que se avizora actualmente tiene el mismo sello. Colombia ocupada militarmente por Estados Unidos, ahora con cinco bases aéreas y mas de 2 mil efectivos de fuerzas especiales en su territorio,(Asesores) para una supuesta lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, desempeña el mismo papel que Vietnam del Sur, en la guerra del sudeste asiático. El pretexto para la intervención directa en las naciones que juzgue conveniente no representa ningún obstáculo para el imperio contando con un narcogobierno cipayo, como el de Uribe y que seguramente continuará Juan Manuel Santos,que es el arlequin designado por el narcoparamilitarismo para sustituir al actual mandadero de Estados Unidos en el Palacio de Nariño, conocido ahora como del Narquiño. No olvidemos que durante el gobierno de Jaime Lusinchi,el narcoestado colombiano colocó a la fragata “Caldas” en aguas del Golfo de Venezuela, como un ensayo para observar la reacción venezolana. El año pasado la provocación fue montada contra Ecuador, con el bombardeo en su territorio a un campamento de las FARC en la zona fronteriza donde fueron asesinados varios ciudadanos entre ellos un ecuatoriano.

El golpe de Estado en Honduras, no es nada casual y nadie puede dudar de la participación yanki en esa jugada que si no les ha dado los frutos esperados,es porque no contaron con el aguerrido pueblo centroamericano, que cansado de tantos atropellos ahora está dispuesto a rociar con su sangre valles y montañas, antes que permitir la consolidación del Sindicato del Crimen que tomó por asalto el poder.

Pero el imperio siempre tiene sus peones que le sirven incondicionalmente para lograr sus fines y sobre todo en las administraciones demócratas que son más peligrosas que las de los republicanos, porque los primeros son más sutiles para urdir y cometer sus fechorías.

Es así como para tratar de enfriar las calles de Honduras montaron la celada a Zelaya, con Oscar Arias, a quien con su manto de premio Nobel de la Paz, camuflaron ante el mundo como “mediador”, cuando la tarea encomendada por el imperio era ganar tiempo para buscar el desgaste del pueblo,mientras con la artillería mediática intentan presentar ante el mundo a estos padrinos del Crimen Organizado,como ciudadanos con quienes se puede dialogar y que son salvadores de la patria contra el flagelo del “Chavismo”, lo mismo que hicieron en la década de los 60 del siglo pasado con el “Comunismo” en Vietnam.

Basta con leer la obscena propuesta presentada por este carcamal de la derecha internacional al gobierno legítimo de Honduras, para que se termine de caer la careta del señor Arias. Esa grosera propuesta es poco menos que una mentada y no de menta al pueblo de Honduras y a su presidente José Manuel Zelaya, a quien no le queda de otra que convertirse en Comandante de su pueblo y como Francisco Morazan darlo todo por su patria.

La representación de Honduras, dio por fracasada la grosería imperial que pretendía que Zelaya regresara a la presidencia pero en calidad de rehén del Pentágono y sus lacayos.

La respuesta armada del pueblo de Honduras pudiera ser el detonante para la vietnamización de Latinoamérica y la cintura del continente es estratégicamente una buena zona para comenzar y de eso tenemos que estar claros, nadie entrega a las buenas lo que ha robado. Es el caso de Estados Unidos. Esa potencia no va a renunciar a la buena a lo que ha sido su corral hacía donde históricamente había pastoreado los borregos que ha montado como mandaderos, más que mandatarios, hasta que llegó el huracán bolivariano y le subvirtió el,establecimiento, por eso está montando el teatro de operaciones.

Ya Colombia está ocupada militarmente, con lo cual se cumple la condición que esgrimió el Senador Republicano mentor del Plan Colombia, quien durante su exposición de motivos para justificar la inversión dijo: “Para controlar a Venezuela, tenemos que ocupar militarmente a Colombia”. Allí está instalado el tiburón del Caribe, que no duerme, presto para caer sobre su presa.

Por eso los movimientos revolucionarios del continente tienen que estar cada día más unidos, con mayor claridad ideológica, porque solamente la unidad y la claridad sobre lo que queremos y necesitamos, puede permitirnos sortear los peligros que representa la agresión imperial. Hay que seguir las enseñanzas del camarada Ho Chi Minh, quien recibió al agresor en Vietnam, con la única vía que tienen los pueblos para librarse de la superioridad económica y tecnológica de los imperios, la guerra de guerrilla, con la cual hizo morder el polvo de la derrota a los criminales, que intentaron doblegar al bravo pueblo vietnamita a través del uso del Napal, del Gas Naranja y otras criminales armas prohibidas cuyas secuelas todavía sufre la población.

El Comando Sur, con todos sus recursos tecnológicos y fuerzas especiales maneja la batuta de este macabro plan que tiene como base Centroamérica. La vietnamización del continente está en puertas. El imperio no descansa.

*Periodista

cadiz2021@yahoo.es

Texto: Eduardo Galeano

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En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico.

Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?

Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?

¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?

¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?

Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ése un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?

¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?

Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia, ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?

Según Lewis Carroll, la reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:

—Ahí lo tienes —dijo la reina—. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.

En El Salvador, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. Él murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento.

El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?

A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.

Periodista / Escritor

Liliana Felipe

se+ve+la+democracia

HONDURAS

Por Helen Umaña

El 28 de junio venía de Guatemala con el único y exclusivo propósito de votar a favor de la cuarta urna. Veía, en ésta, la posibilidad concreta de un cambio hacia senderos de beneficio colectivo. Era el camino para modificar, con el consenso de todos los partidos políticos y de una amplia difusión y discusión (a través de los medios de comunicación, foros, comentarios, etc.), una Constitución cuyas lagunas son evidentes. La ciencia dice que nada es estático y que todo lo hecho por el ser humano es susceptible de perfeccionarse. Manejar que la cuarta urna lo que pretendía era la reelección de Mel ha sido la distorsión más grande en la historia política del país. La hipotética Constitución se redactaría ya cuando Mel hubiese dejado de ser presidente. Su elaboración estaría, pues, en manos de diputados elegidos por quienes se acercasen a votar. De ahí que la propuesta de la cuarta urna prendiese, con tanto entusiasmo, en la voluntad de los sectores históricamente marginados: campesinos, obreros, grupos étnicos…

Por esa razón, cuando en el bus que me traía de Guatemala me enteré del golpe de Estado, el impacto emocional fue intenso. En esencia, abortar, con alevosía, la semilla de lo que pudo ser un encaminar al país por senderos de equidad y justicia. Darle un golpe de muerte a la posibilidad de un sueño factible: la construcción de una sociedad en donde, no como varita mágica sino como proceso de ardua construcción, se empezasen a solventar las necesidades más urgentes de comida, salud, educación y vivienda para la mayoría. Mel había dado el primer paso. Impedírselo, con el golpe de Estado, fue como abrir la puerta para llevar al país a una espiral de violencia cuyas consecuencias ya se empiezan a sentir: secuestros, asesinatos políticos y persecución a los disidentes. Una realidad que ya se ha instalado en el horizonte de la patria. Al amparo de la nocturnidad y la falta de energía eléctrica, la captura del artista de la caricatura Allan MacDonald (con todo y su hija de diecisiete meses); los asesinatos de Isis Obed Murillo (en el aeropuerto de Toncontín) y de Róger Ivan Bados González y Ramón García, miembros del partido Unificación Democrática (UD) son ominosas señales del abismo hacia el cual Honduras se encamina. A menos que prevalezca la sensatez (que pasa necesariamente por el restablecimiento del Estado de derecho), no es aventurado vaticinar que se está a las puertas de una vorágine social sin precedentes: la reactivación de la tenebrosa Doctrina de la Seguridad Nacional y, como lógica respuesta, la adopción de formas de lucha que llevan consigo incalculables cuotas de dolor y sangre. Una factura que, a la postre, pagará la sociedad en su conjunto. Al respecto, la historia de la humanidad es un espejo en el cual los sectores dominantes del país —por su inveterada miopía— todavía no se han visualizado.

La pesadilla que se repite. El protagonismo de las botas. Las imágenes de los militares apuntando, en posición de combate, a humildes mujeres, a jóvenes imberbes y a personas desarmadas son devastadoras. En Toncontín…, el sonido de las balas. El huir alocado de la gente. El ulular de la ambulancia. El cuerpo frágil sostenido por manos solidarias… Un revivir la estela de sangre y terror que han dejado en Latinoamérica los ejércitos nacionales. Ratificar que el monstruo sigue vivo, agazapado, listo a dar el salto y el zarpazo cuando los grandes consorcios internacionales y sus socios nacionales así lo indiquen. Desde siempre, el brazo armado del poder económico. Y, en niveles de alta graduación, ellos mismos convertidos en poder económico que actúa en defensa de sus intereses.

El contubernio iglesias-poder político. Es indignante el espectáculo de los pastores evangélicos y de la alta jerarquía católica encabezando y bendiciendo las marchas de la oligarquía. Con falaces mensajes bíblicos, violentando las conciencias para llevarlas a la posición política que les permitirá seguir medrando a la sombra de sus iglesias, no casas de oración, sino auténticos emporios económicos. Complementado, todo, con otro bochornoso espectáculo: en un Estado constitucionalmente laico, los «honorables» diputados y sus testigos de honor (Custodio, Aguilar Paz, Leitzelar, Mauricio Villeda, Irma Acosta de Fortín…) agarrándose las manos e inclinando la cabeza, pronunciando una oración en el momento mismo en que, enarbolando una falsa carta de renuncia, ratificaban su traición y consumaban el golpe de Estado.

La guerra mediática. En los meses precedentes al golpe de Estado, la oposición a Mel Zelaya llegó a niveles jamás vistos. Quizá, en ninguna parte del mundo, un periodismo como el hondureño. Especialistas en sesgar y manipular la información. Todos los días mintiendo flagrantemente. Conductores de programas radiales y televisivos moviendo la noticia hacia el lugar en donde sopla el dinero. Tergiversando los hechos para confundir al receptor. Al día siguiente del golpe, desde Radio América, llamando a encauzar el país por las vías de la «normalidad»: «Preséntense en las fábricas, en los negocios…»; «Dejémosle la política a los políticos y que los niños y maestros vuelvan a la escuela, los obreros a sus fábricas…»; «Aquí no ha habido golpe de Estado…»; «Aquí todo es normal»; «Es necesario producir…». En otras palabras, producir para seguir llenando los bolsillos de la minoría… La infamia revestida de amor patrio.

La ambigüedad e indiferencia de la máxima casa de estudios. Duele el comunicado gallo-gallina de las autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, institución, en horas más lúcidas, a la vanguardia del pensamiento progresista y democrático. ¿Dónde el análisis de la crisis social y política? ¿Dónde el comunicado orientador para un pueblo carente de instituciones que salvaguarden sus intereses? ¿Cómo puede hablarse de vinculación universidad-sociedad si se evade el compromiso del análisis y del mensaje clarificador? ¿En qué momento se extravió el rumbo de la dignidad?

El manipuleo lingüístico. Desde la espuria sesión del domingo cuando se nombró presidente a Micheletti, éste insistió en que no era un golpe de Estado y lo llamó «un acto de sucesión presidencial». El lenguaje designa realidades y, en función social, no es un instrumento de uso antojadizo. Como se lo hizo ver un corresponsal español, cuando un contingente armado asalta la casa del presidente; lo secuestra y lo envía, contra su voluntad, a Costa Rica, eso sólo puede llamarse golpe de Estado. Aquí y en cualquier parte del mundo. Por más que los medios, los funcionarios y los diplomáticos desleales, mentirosos y oportunistas repitan las palabras del usurpador. El inútil querer tapar el sol con un dedo. La comunidad internacional y el pueblo, que no es el ignorante que muchos creen, lo saben.

El papel de comparsa a que se redujo la querida figura de Ramón Custodio, ¡a quien tanto debo en lo personal!, pero a quien, por respeto a mi propia conciencia, tengo que referirme al haberlo visto en el más triste papel de su carrera! ¡Que es mejor que a Mel lo hayan enviado a Costa Rica ya que, por lo menos, está vivo!, dijo. La cuestión de fondo es el acto ilegal que con él se cometió. Eso era lo que había que condenar. Nunca, con su presencia (es el Comisionado Nacional de Derechos Humanos), avalar la monstruosidad jurídica perpetrada contra un presidente legítimamente electo. Y, como broche de oro: afirmar que eran balas de goma las que usó el ejército la tarde en que, violando la Constitución, vedaron el aterrizaje de Mel en Toncontín. De goma, pero acabaron con la vida de un joven de diecinueve años. (¡Con una humilde «burrita» aguantó las largas horas de espera con un único propósito: vitorear al presidente en el cual había cifrado la esperanza de un mañana mejor! Su pequeña pero gran odisea desde su remoto pueblo y las palabras de su digno padre explicando sus móviles son signos entrañables que hablan de ilusión en un futuro más humano y más digno… , pero también de sueños rotos por la brutalidad represiva…).

En un pueblo hambriento (hace pocos días una campesina, como no había dinero para comprar maíz, para fabricar tortillas, echó mano del que ya estaba «curado» para la siembra; resultado: tres hijos en el hospital y el de cinco años, en el cementerio), en donde el abismo entre ricos y pobres cada vez se hace más profundo y que, por lo mismo, no es cuestión de borrarlo con abrazos de paz y de reconciliación de la «familia hondureña», según cantan los defensores del golpe, la cuarta urna era una opción para intentar cambios positivos. Nunca, al pueblo llano (ese que es marginal y vive en los bordos y en los barrancos de la miseria), se le había dado la oportunidad real de expresar su sentir. Y, con el «Sí», la posibilidad de mejorar un instrumento (una nueva Constitución) que guiase la vida futura de la nación. Lo reiteramos: todo es susceptible de perfeccionarse. Máxime tratándose de la Carta Magna en donde las cuestiones son trascendentales en la cotidiana construcción de la república. Pero los sectores de poder (especialmente la clase política enquistada en el Congreso y que ha esquilmado el erario a través de las grandes erogaciones que se les otorgan a los diputados, supuestamente para obras de beneficio en sus comunidades) le temieron a la avalancha de un «Sí» popular. Sospecharon —con razón— que podía representar el fin de sus incalculables dividendos. El golpe de Estado fue su manera torpe y desesperada de oponerse a la incontenible marea humana que cada vez es más consciente de sus verdaderos intereses y de la mejor forma de defenderlos. Para muestra, una consecuencia inmediata: en un santiamén se hizo añicos la base social de los partidos políticos responsables de la acción delictiva.

Estamos, pues, frente a estatuas con pies de barro. Su desmesurada reacción ante la crucial pregunta de la encuesta abortada revela su debilidad. Son poderosos y se amparan en las múltiples redes nacionales e internacionales que propicia el dinero…, pero le temen al pueblo. Saben que éste es mayoría y que, en justa lid, ellos llevan las de perder. Esa es una de las grandes lecciones que, de estos días trágicos, se debe extraer. Aunque lenta, la rueda de la historia nunca se detiene.

Desde hace treinta años, sólo he escrito sobre arte y literatura. Pero la ruptura del orden constitucional y el descaro con que actuaron Micheletti y sus socios golpistas me sacaron de la voluntaria torre de marfil. Las alucinantes imágenes de esa sesión grotesca en que se le dio un golpe de muerte a la débil democracia hondureña me han confirmado que el artista y el intelectual no pueden esconderse en una pretendida neutralidad. Tratándose del bienestar colectivo no hay apoliticidad que valga. El silencio equivale a aquiescencia y complicidad. Por lo tanto, tomo partido. En los momentos decisivos —cuando está en juego el devenir de los años futuros en Latinoamérica— a lo estético, se sobrepone la opción ética. Y ésta me dice, con claridad meridiana, de qué lado están la razón y la justicia.

Mis palabras no pretenden formular un análisis de la situación (para eso están los sociólogos y politólogos). Pero externar mis sentimientos es una necesidad vital y perentoria. Por un lado, un profundo dolor por el cúmulo de signos negativos que saturan el ambiente. Por el otro, la esperanzada convicción de que los sectores marginados, aún con tropiezos y dificultades, siempre encuentran la ruta hacia mejores derroteros. Nunca camina en reversa la rueda de la historia.

Escalofriante advertencia, cada vez más real

Arturo Pérez-Reverte

(Artículo publicado en ‘El Semanal’ el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, diez años después, parece una visión de Nostradamus)

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Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros.

Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder.

El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.

Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja. Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro.

Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros.

Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

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