Mes: octubre 2009

Para los que quieren a Quino y su interpretación política del mundo

Quino_-_Que_mala_es_la_gente_Page_087Simple, bello, denunciativo…..se imaginan si volviera Cristo, el redentor con su discurso de revolución social….

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El mundo no sabe dónde está su casa

Texto: Eduardo Galeano
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Los terroristas han matado a trabajadores de cincuenta países en nombre del Bien contra el Mal. ¿Qué sería del Bien sin el Mal? No sólo los fanáticos religiosos necesitan enemigos para justificar su locura. También necesitan enemigos, para justificar su existencia, la industria de armamentos y el gigantesco aparato militar de Estados Unidos. Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras, los héroes pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según exigen los que escriben el drama.

El científico alemán Werner von Braun fue malo cuando inventó los cohetes V-2, que Hitler descargó sobre Londres, pero se convirtió en bueno el día en que puso su talento al servicio de Estados Unidos. Stalin fue bueno durante la Segunda Guerra Mundial y malo después, cuando pasó a dirigir el Imperio del Mal. En los años de la guerra fría escribió John Steinbeck: “Quizá todo el mundo necesita rusos. Apuesto a que también en Rusia necesitan rusos. Quizá ellos los llaman americanos”. Después, los rusos se abuenaron. Sadam Hussein era bueno, y buenas eran las armas químicas que empleó contra los iraníes y los kurdos. Después, se amaló cuando Estados Unidos, que venía de invadir Panamá, invadió Irak porque éste había invadido Kuwait.

Bush Padre tuvo a su cargo esta guerra contra el Mal. Con el espíritu humanitario y compasivo que caracteriza a su familia, mató a más de cien mil iraquíes, civiles en su gran mayoría. Bin Laden, amado y armado por el gobierno de Estados Unidos, era uno de los principales “guerreros de la libertad” contra el comunismo en Afganistán. Bush padre ocupaba la vicepresidencia cuando el presidente Reagan dijo que estos héroes eran “el equivalente moral de los padres fundadores de América”. Hollywood estaba de acuerdo con la Casa Blanca. “El desprecio por la voluntad popular es una de las muchas coincidencias entre el terrorismo de Estado y el terrorismo privado”. En esos tiempos, se filmó Rambo 3: los afganos musulmanes eran los buenos. En tiempos de Bush hijo, eran malos malísimos. Henry Kissinger fue de los primeros en reaccionar ante la tragedia. “Tan culpable como los terroristas son quienes les brindan apoyo, financiación e inspiración”, sentenció. Si eso es así, habría que empezar por bombardear a Kissinger. Él resultaría culpable de muchos más crímenes que los cometidos por Bin Laden y por todos los terroristas del mundo. Y en muchos más países: actuando al servicio de varios gobiernos estadounidenses, brindó “apoyo, financiación e inspiración” al terror de Estado en Indonesia, Camboya, Chipre, Irán, África del Sur, Bangladesh y en los países sudamericanos que sufrieron la guerra sucia del Plan Cóndor. El 11 de septiembre de 1973, exactamente 28 años antes de los fuegos de las Torres Gemelas, había ardido el palacio presidencial en Chile. Kissinger había anticipado el epitafio de Salvador Allende y de la democracia chilena, al comentar el resultado de las elecciones: “No tenemos por qué aceptar que un país se haga marxista por la irresponsabilidad de su pueblo”.

Mucho se parecen el terrorismo artesanal y el de alto nivel tecnológico, el de los fundamentalistas religiosos y el de los fundamentalistas del mercado, el de los desesperados y el de los poderosos, el de los locos sueltos y el de los profesionales de uniforme.

Todos comparten el mismo desprecio por la vida humana: los asesinos de los dos mil quinientos ciudadanos triturados bajo los escombros de las Torres Gemelas, y los asesinos de los doscientos mil guatemaltecos, en su mayoría indígenas, que han sido exterminados sin que jamás la tele ni los diarios del mundo les prestaran la menor atención. Los guatemaltecos no fueron sacrificados por ningún fanático musulmán, sino por los militares terroristas que recibieron “apoyo, financiación e inspiración” de los gobiernos de Estados Unidos.

Todos los enamorados de la muerte coinciden en su obsesión por reducir a términos militares las contradicciones sociales, culturales y nacionales. En nombre del Bien contra el Mal, en nombre de la Única Verdad, todos resuelven todo matando primero y preguntando después. Alá es inocente de los crímenes que se cometen en su nombre. Al fin y al cabo, Dios no ordenó el holocausto nazi contra los fieles de Jehová, y no fue Jehová quien dictó la matanza de Sabra y Chatila ni quien mandó expulsar a los palestinos de su tierra. ¿Acaso Jehová, Alá y Dios a secas no son tres nombres de una misma divinidad? La espiral de la violencia engendra violencia y también confusión: dolor, miedo, intolerancia, odio, locura. En Porto Alegre, el argelino Ahmed Ben Bella advirtió: “Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente”. Y los locos, locos de odio, actúan igual que el poder que los genera. Un niño de tres años, llamado Luca, comentó en estos días: “El mundo no sabe dónde está su casa”. Él estaba mirando un mapa. Podía haber estado mirando un noticiero.

Escritor / Periodistaccs@solidarios.org.es

Premio Nóbel de la Paz 2009, entre bastidores

Por: Thierry Meyssan (*)

Fecha de publicación: 15/10/09

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La atribución del premio Nóbel de la Paz ha dado lugar a un concierto de elogios entre los dirigentes de la alianza atlántica. Pero también suscita escepticismo a través del mundo. Más que sumarse al debate sobre las razones que pudieran justificar a posteriori la sorprendente decisión, Thierry Meyssan expone la corrupción del Comité Nóbel y los lazos que existen entre su presidente, Thorbjorn Jagland, y los colaboradores de Obama. Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

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Madeleine Albright et Thorbjorn Jagland, durante una reunion en la sede de la OTAN.

«Esta mañana, al escuchar las noticias, mi hija entró y me dijo: ‘Papá, eres Premio Nóbel de la Paz’.» [1] Esta fue la conmovedora historia que el presidente de los Estados Unidos contó a los periodistas como testimonio de que nunca deseó esa distinción y de que era el primer sorprendido. Sin tratar de indagar más sobre el tema, los periodistas publicaron titulares sobre la «humildad» del hombre más poderoso del mundo.

A decir verdad, no se sabe qué resulta más sorprendente: la atribución de tan prestigiosa distinción a Barack Obama o la grotesca farsa que la acompaña, o quizás el método utilizado para corromper al jurado y desviar ese premio de su vocación inicial.

En primer lugar, hay que recordar que, según el reglamento del Comité Nóbel, las candidaturas son presentadas por instituciones (parlamentos nacionales y academias políticas) y personalidades calificadas para ello, principalmente magistrados y ganadores de ese mismo premio. Teóricamente, es posible que se presentar una candidatura sin que el candidato lo sepa. Sin embargo, cuando el jurado toma la decisión se pone directamente en contacto con el interesado para comunicarle la noticia una hora antes de la conferencia de prensa. Sería esta la primera vez en la historia que el Comité Nóbel viola esa regla de cortesía. Según su vocero, lo que pasó es que el Comité Nóbel no se atrevió a despertar al presidente de los Estados Unidos en medio de la noche. Parece que no sabía que en la Casa Blanca hay consejeros que se turnan para recibir las llamadas urgentes y despertar al presidente de ser necesario.

La conmovedora historia de la niñita que le anuncia a su papá que le han dado el premio Nóbel no basta para disipar la incomodidad que provoca esa decisión. Por voluntad de Alfred Nóbel, el premio debe recompensar a «la personalidad que [en el transcurso del año anterior] haya realizado la mayor o la mejor contribución al acercamiento entre los pueblos, a la supresión o a la reducción de los ejércitos permanentes, a la reunión y a la propagación de los progresos por la paz». Lo que el fundador del premio tenía en mente era apoyar la acción militante, no simplemente conceder un certificado de buenas intenciones a un jefe de Estado. Ciertos laureados pisotearon el derecho internacional después de recibir el premio, así que el Comité Nóbel decidió hace cuatro años dejar de recompensar un acto en particular y conceder el premio únicamente a las personalidades que hayan dedicado su vida a la paz. Así que, al parecer, Barack Obama ha sido el militante por la paz más meritorio del año 2008 y no ha cometido ninguna violación importante del derecho internacional en lo que va del año 2009. ¿Qué piensan de eso los hondureños que actualmente viven bajo la bota de una dictadura militar? ¿O los pakistaníes cuyo país se ha convertido en el nuevo blanco del Imperio? Sin entrar a mencionar a las personas que siguen detenidas en la base estadounidense de Guantánamo y en Bagram, ni a los afganos y los iraquíes que enfrentan la ocupación extranjera.

Vayamos al punto central del tema, a lo que los expertos en «relaciones públicas» de la Casa Blanca y los medios de la prensa anglosajona quieren esconder al público: los sórdidos lazos entre Barack Obama y el Comité Nóbel.

En 2006, el European Command (o sea, el comando regional de las tropas estadounidenses cuya autoridad cubría entonces toda Europa y la mayor parte de África) solicita al senador de origen kenyano Barack Obama que participe en una operación secreta que reúne los esfuerzos combinados de varias agencias (la CIA, la NED, la USAID y la NSA). Se trataba de utilizar su condición de parlamentario para que realizara un recorrido por África, lo que le permitiría al mismo tiempo defender los intereses de los grupos farmacéuticos (ante las producciones no patentadas) y rechazar la influencia china en Kenya y Sudán [2]. En este trabajo abordaremos solamente el episodio kenyano.

La desestabilización de Kenya

Barack Obama y su familia llegan a Nairobi en compañía de un agregado de prensa (Robert Gibbs) y de un consejero político-militar (Mark Lippert), a bordo de un avión especial fletado por el Congreso. Detrás de aquel avión llega otro, fletado por el US Army, a bordo del cual viaja un equipo de expertos en guerra sicológica bajo las órdenes del general, supuestamente retirado, J. Scott Gration.
Kenya se encuentra entonces en pleno ascenso económico. Desde el principio de la presidencia de Mwai Kibaki, el crecimiento ha pasado del 3,9 al 7,1% del PIB y la pobreza ha retrocedido de un 56 a un 46%. Tan excepcionales resultados han sido posibles gracias a la reducción de los lazos económicos postcoloniales con los anglosajones y a su reemplazo por acuerdos comerciales más justos con China. Para poner fin al milagro kenyano, Washington y Londres han decidido derrocar al presidente Kibaki e imponer a un oportunista obediente, Raila Odinga [3]. Para ello, la National Endowement for Democracy ha propiciado la creación de una nueva formación política, el Movimiento Naranja, y está preparando una «revolución coloreada» en ocasión de las próximas elecciones legislativas de diciembre de 2007.

A su llegada, el senador Obama es recibido como un hijo de Kenya y los medios dan a su visita la más amplia cobertura. El senador estadounidense no vacila en inmiscuirse en la vida política local y participa en los mítines políticos de Raila Odinga. Aboga por una «revolución democrática», mientras que su «acompañante», el general Gration, entrega a Odinga 1 millón de dólares en efectivo. Estas intervenciones desestabilizan el país y Nairobi protesta oficialmente ante Washington. Al término de la gira y antes de regresar a Estados Unidos, Obama y el general Gration rinden su informe en Stutgart, ante el general James Jones (a la sazón jefe del European Command y comandante supremo de la OTAN).

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Continuando la misma operación, Madeleine Albright viaja a Nairobi, en calidad de presidenta del NDI (la rama de la National Endowment for Democracy [4] especializada en las relaciones con los partidos de izquierda), donde supervisa la organización del Movimiento Naranja. Más tarde, John McCain también viaja a Kenya, como presidente del IRI (la rama de la National Endowment for Democracy especializada en las relaciones con los partidos de derecha), para completar la coalición de oposición con pequeñas formaciones de derecha [5].
Durante las elecciones legislativas de diciembre de 2007, un sondeo financiado por la USAID anuncia la victoria de Odinga. El día de la votación, John McCain declara que el presidente Kibaki ha “arreglado” el escrutinio a favor de su propio partido y que la victoria es en realidad de la oposición que liderea Odinga. La NSA, en contubernio con operadores locales de telefonía, envía SMS anónimos a la población. En las zonas pobladas por los luos (la etnia a la que pertenece Odinga), los SMS difunden el siguiente mensaje: «Queridos kenyanos: los kikuyus han robado el porvenir de nuestros hijos… Tenemos que darles el único tratamiento que ellos entienden… la violencia». Mientras tanto, en las zonas pobladas por los kikuyus, la redacción es la siguiente: «No se derramará la sangre de ningún kikuyu inocente. Los masacraremos hasta en el corazón de la capital. Por la Justicia, hagan una lista de los luos que conozcan. Haremos llegar a ustedes los números de teléfono a los que se debe enviar esa información». En pocos días, un apacible país se ve sumido en la violencia étnica. Los motines dejan más de 1 000 muertos y 3 000 desplazados. Se pierde medio millón de empleos. Regresa Madeleine Albright. Propone servir de mediadora entre el presidente Kibaki y la oposición que está tratando de derrocarlo. Hábilmente, Albright se aparta y pone bajo la luz de los proyectores al Oslo Center for Peace and Human Rights. El nuevo presidente de esta respetada ONG es el ex primer ministro de Noruega, Thorbjorn Jagland. Rompiendo con la tradicional imparcialidad del Oslo Center, Jagland envía a Kenya dos mediadores, cuyos gastos corren por cuenta del NDI que preside Madeleine Albright (dicho de otra manera, el dinero que paga las cuentas proviene del presupuesto del Departamento de Estado de los Estados Unidos). Los mediadores son otro ex primer ministro noruego, Kjell Magne Bondevik, y el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan (ghanés muy presente en los Estados escandinavos desde que se casó con la sobrina-nieta de Raoul Wallenberg).
Obligado a admitir el compromiso que se le impone como condición para el restablecimiento de la paz civil, el presidente Kibaki acepta la creación de un puesto de primer ministro y la nominación de Raila Odinga en ese cargo. Lo primero que hace Odinga es reducir los intercambios con China.

Regalitos entre amigos

Ahí termina la operación kenyana, pero la vida de los protagonistas sigue adelante. Thorbjom Jagland negocia un acuerdo entre la National Endowment for Democracy y el Oslo Center, acuerdo que se hace formal en septiembre de 2008. Se crea una fundación adjunta en Minneapolis, permitiendo así que la CIA pueda subvencionar indirectamente a la ONG noruega. Esta interviene por cuenta de Washington en Marruecos y principalmente en Somalia [6].
Obama es electo presidente de los Estados Unidos. En Kenya, Odinga decreta varios días de fiesta nacional para celebrar el resultado de las elecciones estadounidenses. El general Jones se convierte en consejero de seguridad nacional, y nombra a Mark Lippert jefe de su equipo y al general Gration como adjunto.
Durante la transición presidencial estadounidense, el presidente del Oslo Center, Thorbjorn Jagland, es electo presidente del Comité Nóbel, a pesar del riesgo que un político tan retorcido representa para la institución [7]. La candidatura de Barack Obama al premio Nóbel de la Paz es presentada a más tardar el 31 de enero de 2009 (fecha límite reglamentaria [8]), o sea 12 días después de su entrada en funciones en la Casa Blanca. Ásperos debates se desarrollan en el seno del Comité que no logra ponerse de acuerdo en cuanto al nombre del laureado para principios de septiembre, contrariamente a lo previsto en su calendario habitual [9]. El 29 de septiembre, Thorbjorn Jagland es electo secretario general del Consejo de Europa como resultado de un acuerdo, convenido por debajo de la mesa, entre Washington y Moscú [10]. Cuando se recibe un regalo, hay que devolver la cortesía. La condición de miembro del Comité Nóbel es incompatible con una importante función política de carácter ejecutivo, pero Jagland se mantiene en el Comité argumentando que el reglamento se refiere a una función ministerial pero que no dice nada del Consejo de Europa. Así que regresa a Oslo el 2 de octubre. Ese mismo día, el Comité designa al presidente Obama como premio Nóbel de la Paz 2009.

En su comunicado oficial, el Comité declara con la mayor seriedad del mundo: «Es muy raro que una persona, Obama en este caso, logre cautivar la atención de todos y transmitirles la esperanza de un mundo mejor. Su diplomacia está basada en el concepto de que los que dirigen el mundo tienen que hacerlo sobre la base de valores y de comportamientos compartidos por la mayoría de los habitantes del planeta. Durante 108 años, el Comité del premio Nóbel se ha esforzado por estimular el tipo de política internacional y de acción cuyo principal vocero es Obama» [11].

Por su parte, el feliz laureado declaró: «Recibo la decisión del Comité Nóbel con sorpresa y con profunda humildad (…) Aceptaré esta recompensa como un llamado a la acción, un llamado a todos los países a que se alcen ante los desafíos comunes del siglo XXI». Así que este hombre «humilde» se ve a sí mismo como representante de «todos los países». Eso no parece augurar nada de paz.

Notas:

[1] « Remarks by Barack Obama on Winning Nobel Peace Prize », Voltaire Network, 9 de Octobre de 2009.

[2] Más detalles sobre esta operación serán dados a conocer en el libro de Thierry Meyssan Le Rapport Obama, de próxima publicación.

[3] Raila Odinga es el hijo de Jaramogi Oginga Odinga, quien tuvo como principal consejero político al padre de Barack Obama.

[4] «Las redes de la injerencia “democrática”», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 22 de enero de 2004.

[5] Estados Unidos ya había creado hace tiempo su propio partido en Kenya, bajo la dirección de Tom Mboya.

Su objetivo era contrarrestar la influencia rusa y, ya en aquella época, la influencia china.

[6] El Oslo Center también ha participado también en la desestabilización de Irán, durante la reciente elección presidencial, a través del envío de fondos al ex presidente Jatami.

[7] Vicepresidente de la Internacional Socialista, Thorbjorn Jagland es un ferviente partidario de la OTAN y de la incorporación de Noruega a la Unión Europea. Se codea con las élites mundialistas y ha participado en los trabajos del Council on Foreign Relations, de la Comisión Trilateral y del Grupo de Bilderberg. Su historial político incluye varios escándalos por corrupción que implican a personas de su entorno, como su amigo y ministro de Planificación Terje Rod Larsen (actual coordinador de la ONU en las negociaciones del Medio Oriente).

[8] El Comité recibió 205 proposiciones de candidatura pero, conforme al reglamento, sólo 199 eran elegibles. Después de alcanzar esa cifra, el Comité Nóbel no podía agregar otros nombres durante sus deliberaciones.

[9] El anuncio del premio debió haber tenido lugar el 9 de octubre. Por razones organizativas, el nombre del laureado tenía que estar determinado a más tardar el 15 de septiembre.

[10] A pesar de no formar parte del Consejo de Europa, Estados Unidos goza de gran influencie en el seno de ese órgano. Moscú no estaba de acuerdo con la elección de Jagland, pero quería evitar sobre todo la del polaco Wlodzimierz Cimoszewicz.

[11] « Anuncio del Comité del Premio Nobel sobre el premio Nobel de la Paz de 2009 », Red Voltaire, 9 de Octobre de 2009.

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Thierry Meyssan

Analista político francés. Fundador y presidente de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

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Fuente: http://www.voltairenet.org/article162522.html

Repitamos la historia

Dejemos que el mundo se de cuenta, que se diga que ese nobel es en minuscula y que no sirve para la paz y mucho menos para la esperanza.

Veamos este vídeo y dejemos el sol salir.

No a la guerra, no a Obama

la escena pertenece a la maravillosa cinta “Hair” de Milos Foreman, 1979.

Y describe el terror que llevaban los solados que iban a Vietnam, auna guerra que no les era suya, que era un matadero previsto en la casa blanca, entre tragos de wisky de Kissinger y Nixon.

Gore Vidal: EEUU sufrirá un colapso militar en Afganistán, el imperio se derrumbará; Obama, un fracaso

Por: The Independent
Fecha de publicación: 11/10/09

A los 84 años de edad, el escritor y activista está confinado a una silla de ruedas, pero su rabia –contra su país, sus líderes y sus ciudadanos– arde con el furor de siempre.

En ruso, la frase gore vidal significa “ha visto penas”. Al observar cómo acercan a Gore Vidal en silla de ruedas al lugar donde lo espero, en el vacío vestíbulo de un hotel de Londres, por primera vez me parece una traducción apropiada. En los ocho años transcurridos desde que lo vi por última vez, perdió a quien fue su pareja durante 50 años, a la mayoría de sus amigos y enemigos, y el uso de las piernas. El hombre que encontré en esa ocasión –irradiando brillantez, derramando sarcasmos como confetis– ha perdido vigor. Su piel se ha apergaminado, pero los famosos pómulos conservan su dureza. “Hace frío aquí –dice, a modo de introducción–. Mucho pinche frío.”

Gore Vidal no sólo se lamenta por la muerte de quienes lo rodeaban y por su decaimiento, sino por su patria. A los 83 años, ha vivido la tercera parte de la existencia de Estados Unidos. Si alguien encarna el siglo estadunidense que terminó, es él. Fue el más grande ensayista de su país, uno de los novelistas de mayor éxito y el alma de todas las fiestas. Vacacionó con los Kennedy, recorrió las calles en busca de galanes con Tennessee Williams, Eleanor Roosevelt lo instó a postularse para el Congreso, fue coguionista de algunos de los filmes más icónicos de Hollywood, condenó la política exterior de su país, demandó a Truman Capote, fue felado por Jack Kerouac, observó a su primo Al Gore ser electo presidente y perder de todos modos la Casa Blanca y –como extraño final– fue amigo y defensor del autor de los bombazos de Oklahoma, Timothy McVeigh.

Y sin embargo ahora, dice, está claro que el experimento estadunidense ha sido “un fracaso”. Fue todo para nada. Pronto el país ocupará “un lugar entre Brasil y Argentina, que es el que le corresponde”. El imperio sufrirá un colapso militar en Afganistán, la nación se derrumbará en lo interno cuando Obama sea destruido “por el manicomio” y los chinos se presenten a cobrar lo que les deben. Un Estados Unidos en ruinas será entonces “la carga del hombre amarillo”, y los chinos “nos pondrán a jalar corriendo sus carritos o cualquier medio de transporte que tengan.”

Lo acercan a la barra y le sirven un escocés. “Yo estaba igual que todos cuando Obama fue electo: optimista. Todo lo que habíamos dicho de la integración racial quedaba reivindicado –dice–, pero es un incompetente. Será derrotado en la relección. Es una pena porque es el primer presidente intelectual que hemos tenido en años, pero no sabe enfrentar las cosas. No se lo propone. Está abrumado. ¿Y quién no? Estados Unidos es un manicomio. Deberían encerrarnos a todos… y ahora nos están echando afuera. Ya nada tiene sentido”. El presidente “quiere agradar a todos, y creía que para eso bastaba con hablar con la razón. Pero recuerden: el Partido Republicano no es un partido. Es un estado mental, como la Juventud Hitleriana. Está lleno de odio. No es posible subir al barco a los republicanos. No hay ni que intentarlo. La única forma de lidiar con ellos es aterrarlos. Obama es demasiado delicado para eso.”

Menea la cabeza al comparar a Obama con su viejo amigo Jack Kennedy. “Es dos veces más intelectual que Jack, pero Jack conocía el gran mundo. Recuerden que pasó mucho tiempo en la armada, perdiendo barcos. Este muchacho [Obama] jamás ha oído un arma disparada con rabia. Los generales lo toman por sorpresa, le dicen mentiras y él las cree. No ha hecho nada. Si uno se enfrenta a un gran problema de química, encontrar el gas perfecto, gasear una población, pasará mucho tiempo sin saber si funcionará: tiene que guiarse por lo que otros digan. Así es Obama. No está preparado para el primer plano y está recibiendo demasiada atención todo el tiempo.”

¿Hay esperanza? “Todos los signos que veo son de condena. Pero la gente me dice –adopta una voz chillona, nasal–: ‘ay, señor Vidal, es usted muy negativo. ¿No puede decir algo bueno de Estados Unidos? Es un país maravilloso; todos quieren vivir aquí’. ¿De veras? ¿Cuándo fue la última vez que vio a un noruego con su tarjeta verde que quisiera venir aquí atraído por la atención a la salud? Le pago si encuentra uno.”

Pero –agrega, animándose de pronto–, hay “una buena noticia. Afganistán será el fin del imperio estadunidense, sí. Es una manera alegre de verlo. Pronto dejaremos de jugar al imperio. Pero ya es demasiado tarde para el país y para la Constitución”. Alza la copa y sonríe con ironía. “Por una república mejor”, brinda, y la bebe de un trago.

I. La muerte de Estados Unidos

Vidal dice que cuando nació le predijeron que Estados Unidos moriría entre espasmos, como ocurre ahora, y que eso sólo se puede entender remontándose a ese tiempo. Su misión ha sido explicar el pasado a “Estados Unidos de Amnesia”, mediante sus novelas y ensayos. Cuando habla, recorre dos milenios de historia –de Julio César a Obama– como si estuviera allí, salpicando sarcasmos desde una fila trasera. Hoy se ha detenido en Filadelfia, en el nacimiento de la república. “Benjamin Franklin vio venir todo esto –afirma–. Lo cito porque la mayoría de los estadunidenses de ahora ni siquiera saben quién era. Tendrá que explicarles a sus lectores.” Fue escritor, científico y soldado y uno de los “padres fundadores” de Estados Unidos. “En Filadelfia, en 1781, cuando se redactaba la Constitución, fungió como observador. No quería tomar parte, y cuando salió del Salón de la Constitución en Filadelfia unas ancianas le preguntaron: ‘Ay, señor Franklin, ¿qué va a pasar ahora?’ Él les contestó: ‘Bueno, tendrán una república, si pueden conservarla. Pero todas las constituciones como ésta han fallado desde el principio de los tiempos, por causa de la corrupción de la gente’.”

–Entonces, ¿los estadunidenses son corruptos? ¿No eran lo bastante buenos para la nación?

–Precisamente. Sólo eran buenos para ser una potencia colonial insubordinada o las heces de una.

La vida política de Vidal empezó allí… casi. Nació en la Academia Militar de West Point, en el seno de una familia pudiente de la cúspide del poderío estadunidense. Su abuelo fue Thomas Pryor Gore, senador por Oklahoma. El político era ciego, así que desde que tenía cinco años Gore le leía cartas y libros y lo guiaba discretamente por las reuniones de Washington DC. El senador era un populista que pugnaba por azuzar a la gente contra el poder concentrado de Wall Street y los grandes banqueros. Representaba a los algodoneros, que perdieron en la guerra civil sólo para ser aniquilados por los financieros de Wall Street que jugaban a la ruleta con el precio global del algodón. Sin embargo, siempre hubo una contradicción en su vida: “Mi abuelo no soportaba a los ciudadanos de su estado. Y ellos lo adoraban por eso. A ver, explíquese eso”.

Un populista que no tenía fe en el populacho… lo que su nieto llegaría a ser. Gore Vidal comparte la creencia populista de que la gente es maltratada por los ricos, pero le parece que la población es tan cretina y está tan drogada por la televisión y la comida rápida que no se percata de ello. “Siempre hay que tener la esperanza de que de algún modo misterioso se llegue a educar a la gente. Bueno, ése es el vínculo. Pero la gente no sabe nada. Cuando nos volvimos un imperio, dejamos de ensenar geografía en las escuelas para que nadie supiera dónde quedaba ninguna parte. No es culpa de las personas: las han pervertido con formas imperiales de pensar para que sean trabajadores dóciles y fieles consumidores. Ése era el sueño y se ha vuelto realidad.”

De niño, a Vidal le encantaba pasar tiempo con su abuelo el senador; una de las principales razones es porque así podía escapar un tiempo de su madre alcohólica, Nina. Cuando le menciono el tema adopta de nuevo el quejido nasal de un entrevistador imaginario y dice: “Ay, señor Vidal, su pobre madre no debió de ser tan mala como usted dice [en sus memorias].’ No, era mucho peor. No me meto con las mamás de otros, pero la mía tenía mucho que atacar.”

Nina estaba ebria constantemente, y cuando no estaba agrediéndolo o amenazando con suicidarse le contaba sórdidos detalles de su vida en una obsesiva y furiosa perorata. Cuando él tenía 10 años “me contó que el coraje le causaba orgasmos. No le pregunté si le pasaba lo mismo con el sexo”. Cuando Gore apareció en la portada de Time, años después, ella escribió una larga carta a la revista para desacreditarlo. La revista la publicó con el título: “Amor de madre”. Vidal parece haber heredado de ella su sardónica amargura. Cuando le preguntaron a Nina por qué no se había casado por cuarta vez, respondió: “Mi primer marido tenía tres bolas, el segundo dos y el tercero una. Hasta yo sé cuándo es mejor no presionar a la suerte”.

¿Piensa Vidal en ella a menudo? “No”, responde, con mirada de hielo. Después de todos estos años, ¿llega a sentir alguna compasión por ella? “No.” El hielo se vuelve un glaciar. ¿Al menos cree que ella formó su personalidad? El crítico teatral Kenneth Tynan, viejo amigo de Gore, escribió en su diario: “Qué soberbia e impenetrable armadura lleva puesta, como corresponde a alguien cuya vida es una batalla permanente por la supremacía (social e intelectual)… Gore jamás podría rendirse (es decir, exponerse) ante nadie”. ¿Acaso la crueldad de su madre explica que a lo largo de su vida haya echado de su lado cuanto lo ha rodeado, sus constantes pinchazos? Tan pronto pregunto esto me doy cuenta de cuánto ha cambiado Vidal desde la última vez que lo vi. En ese tiempo habría respondido con una desdeñosa ironía, o reafirmado su supremacía con una cita en griego clásico. Ahora parece un poco herido –sus ojos brillan con tristeza– y responde: “Bueno… es lo último que me gustaría creer”. Y queda en silencio. De pronto me siento majadero y cruel.

Su abuelo se enfurecía de que Franklin Roosevelt arrastrara al país a una guerra innecesaria –así la consideraba– contra Alemania y Japón. Se oponía a todas las guerras contra potencias extranjeras, pues en su concepto eran promovidas por las grandes empresas para servir a sus intereses. “Creía que ninguna guerra en el extranjero valía la vida de un estadunidense”, recuerda Vidal, con orgullo. Pero por esa razón –y por su oposición al Nuevo Trato– perdió su escaño en el Senado. Como un pequeño acto de venganza, Vidal dice que nunca ha puesto el pie en Oklahoma.

Se alistó en el ejército a los 17 años, feliz de escapar de su madre. Pasó la guerra asignado en Italia y, tres años en Alaska. No le sorprende que ese “infierno helado” haya producido a Sarah Palin, “el ídolo más reciente en el largo culto estadunidense a la estupidez”. Alaska fue “el lugar adonde todos los rufianes del país se fueron a esconder. Y ellos produjeron a Palin”.

Hoy se da cuenta, agrega, de que fue parte de un ejército enviado a construir un imperio global por el “César Augusto de Estados Unidos, Roosevelt”. El viejo Estados Unidos fue remplazado por un pulpo militar con un brazo de metal en cada continente, y en lugar de la vieja Constitución se instaló un “Estado de seguridad nacional. No me hubiera alistado si hubiera sabido adónde nos llevaría –señala–. Pero allí estaba: terminamos la guerra como un imperio y azotamos la puerta. Y luego jodimos todo”.

Salió del ejército sin un centavo. “Mi padre y mi abuelo, como hombres que crecieron por esfuerzo propio, no iban a hacerme la vida. Yo lo sabía”, relata. Así pues, se sentó a escribir una novela sobre la guerra, titulada Williwaw. A la edad de 20 años se halló convertido de pronto en un ácido escritor realista de gran éxito. Se le encomió como un soldado valiente, y su abuelo habló de sentarlo en el Congreso, pero él quería escribir una novela más audaz, basada en la única persona que había amado. Esa novela acabó con cualquier esperanza de una carrera política para él, pero lo convirtió en figura decisiva en la vida estadunidense.

Traducción: Jorge Anaya

Juanes, el silencio despreciable y el des-concierto que viene

Carta a Víctor Jara

Por: Carlos Alberto Ruiz. Rebelión

Fecha de publicación: 05/10/09

21 de septiembre de 2009

Querido Víctor,

El espasmo de esta carta, hoy, tras el concierto de ayer en La Habana, es en parte un pretexto, pues también corresponde a una vieja idea justificada sólo en el hecho de querer rendir un homenaje íntimo a la memoria de un ser excepcional que tuvo su voz y guitarra como armas al lado de los pueblos. Son unas líneas para expresar, a través de un instrumento limpio y apto, lo que ahoga por dentro y necesita ser compartido, quizá para intentar sanar de ese modo una vieja herida recién abierta, hace apenas unas horas, unos minutos. Mejor de esta forma, aunque podría haber sido un artículo de un modesto análisis político o sociológico, referido en general al mal estado de nuestra cultura, para usar así un puente freudiano. Cuando digo esto, quiero decir deliberadamente la cultura de la izquierda, de ese espectro de hombres y mujeres en minoría que construyen alternativas y humanismos frente al dominio del capitalismo, y quiero subrayar cultura para pensar sobre los modelos que tenemos como ejemplares, como valores.

Comenzaré por contarte brevemente que en Colombia, de donde es el cantante Juanes, se mata desde hace años, a gente del pueblo, por decenas de miles, y que allí hay millones de indigentes, de hambrientos, de excluidos. Millones de empobrecidos en un país de inmensas riquezas. Que a lo largo de estas décadas han sido asesinados cerca de 50 mil militantes de izquierda, de partidos, de comunidades campesinas, de sindicatos, de indígenas y afrodescendientes; que cientos y cientos de jóvenes pobladores que seguramente escucharon la camisa negra de Juanes, murieron hace unos meses con las camisas verdes que los militares les pusieron antes de ser ejecutados y presentados falsamente como guerrilleros dados de baja; que hay unos 15 mil detenidos-desaparecidos; miles de torturados; miles de presos en inhumanas condiciones de reclusión; cerca de 5 millones de refugiados internos. Qué voy a contar que no sea conocido: sobre cómo hay un poder mafioso, de narcotraficantes y paramilitares, de oligarquías y multinacionales voraces, cuyas fuerzas armadas han acudido a la mutilación con motosierra, a rajar el vientre de las mujeres sospechosas de insurgentes, a la violación carnal, a jugar fútbol con la cabeza de sus víctimas, como sucedió con Marino López, caso en una cadena de hechos que hace pocos días un genocida ex general refirió como sucesos sabidos en un contexto bajo control del hoy presidente Uribe Vélez, el “demócrata” que se encaballado en el gobierno gracias al asesinato. Por que allí, Víctor, donde se han aniquilado sueños de transformación, reina el crimen y la impunidad que lo premia.

Escribo esto con estupor. Con pesar. Veo, escucho y leo sobre un gran concierto. Dizque histórico. Frente a la imagen del Ché, en la Plaza de la Revolución. Y estoy impresionado. Puedo entender razones de oportunidad, de apertura, de conveniencia, de mercado; puedo creer en motivos tácticos y estratégicos. Pero duele. Este caballito de Troya no sólo ha enfurecido a miles de gusanos en Miami o Bogotá. También ha penetrado en el campo de una cuestión de honor, puesto ahí, para lo que viene. E interpela la moral o la ética, y no sólo los gustos o la estética, de seres que no nos hemos acostumbrado a la posmodernidad de la palabra paz servida como neutralidad, tan atractiva como la palabra reconciliación, una y otra tan miserablemente usadas cuando sirven para ser pronunciadas tapando la injusticia, la ignominia. La palabra paz puede así conjugarse con buen rollo, como buena onda, con lo que sea; puede conjugarse con la nada.

Para un puñado, el concierto representa el desconcierto. Hay desfiles de la victoria, célebres y celebrados cuando pueden doblegarse sutilmente cerebros, cuerpos, corazones y almas, de miles que danzan con la embriaguez de los que triunfan y callan con inteligencia. Por ese silencio tan ruinmente calculador; sin una condena al bloqueo contra Cuba; sin una condena al Imperio que mata, por ejemplo en Afganistán o Irak (¡quedan tan lejos!); sin palabras de solidaridad con las víctimas de crímenes contra la humanidad cometidos en Colombia; sin palabras de repulsa a las bases militares que amenazan a pueblos que viven procesos de cambio; sin condena al golpe de Estado en Honduras; sin palabras que den dignidad a la palabra paz, enferma, robada o prostituida, como Julio Cortazar alguna vez nos lo advirtió en Madrid: puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido…según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo (…) Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias…¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira? (…) Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros.

Por ese silencio tan mezquino y contaminante, ayer fue un día de derrota, y hoy sigue expandida, en la pantalla del televisor y en la mente, pues aunque se apague y se cierre también el periódico, ya lo hecho queda, en aquella Plaza donde hubo silencio, y en los comentarios mentecatos de decenas de hombres y mujeres en páginas de izquierda, de opinión alternativa, que se han llenado de elogios a Juanes, mirando como otros medios, hacia otro lado. Basta recorrer miles de líneas de gente que aparcó la solidaridad y la denuncia, a las que les falta poco por poner en el mismo horizonte histórico y ético a Juanes como ayer estaba en alguna panorámica: al lado de la imagen de Ernesto Guevara. Como un revolucionario. Por eso siento vergüenza.

Cortázar está muerto. Igual que vos, Víctor. Y otros están vivos, muy vivos. Esta carta no es una pataleta emocional ni una revuelta visceral, aunque parezca ridícula. Lo que la provoca no es trivial. Es inaudito lo que la causa. Hemos seguido de cerca las declaraciones de Juanes respaldando la política criminal de Uribe, su alianza con los poderes, su simpatía con los militares, o las de Bosé contra el proceso bolivariano de Venezuela. Con las mismas luces que hemos hecho nuestras las letras y la voz de Silvio, a pesar de que hoy sangran muchas de sus estrofas, que podría citar en paralelo, para discutir epistolarmente con él sobre las contradicciones. Pero ni él tendrá forma de enterarse, ni tiempo, y yo no tengo derecho, ni altura, ni vías para hacerlo.
Por eso esta carta a ti, a vos. Porque no te has ido. Por tu Manifiesto con el que fuiste consecuente y digno hasta la muerte y más allá de su pasaje: por tu guitarra trabajadora, que no es guitarra de ricos ni cosa que se parezca, por tu canto de los andamios para alcanzar las estrellas. Que el canto tiene sentido cuando palpita en las venas del que morirá cantando las verdades verdaderas, no las lisonjas fugaces ni las famas extranjeras, sino el canto de una lonja hasta el fondo de la tierra… canto que ha sido valiente, siempre será canción nueva.
Aunque nos sepamos dialécticos, aunque dudemos sobre si un hombre y la humanidad entera pueden cambiar, pero luego luchemos por aprender y superar viles enajenaciones, hoy en todo caso duele más esa mediocridad que nos inoculan. Duele, no por ese nuevo héroe llamado Juanes, quien al fin y al cabo es un producto de la época de la banalidad del bien y del mal, del buenismo nihilista y de la lógica de la mercancía, que posa y pasa, un comerciante aprovechado que se ha lavado de la impronta fascista llevando ayer camisa blanca, usando a miles de seguidores para su exorcismo, un neutral cómplice, poderoso por mediático, de aquellos que tanto repudiaba Mario Benedetti o Bertolt Brecht, o Joan, o que hoy repudia la madre de la joven desaparecida o del muchacho asesinado en Colombia, cuya suerte no ha merecido nunca palabras del señor Juanes, quien no es el problema, ni por uribista, ni por su visión anti-insurgente o contraguerrillera, ni lo es tampoco el antichavista Bosé. Somos nosotros el problema. Adentro. Porque a estas tribus de izquierda, a nuestros pueblos en ciernes, pueden llegarle a encantar y a cantar artífices de silencios perversos. Más allí, en la Plaza de la dignidad, de la Revolución, donde ayer se hospedó un interesado silencio, tan egoísta y ambicioso como su innegable eco.
Llega ahora a millones de oídos el efecto de esa comparsa, que no termina acá, sino que apenas comienza. Vendrán más conciertos y más desconcierto. Nos debemos preguntas. Seres que luchan por otro mundo y que aplauden la promiscua palabra paz que hábiles bufones y no trovadores pronuncian, y quienes también luchan por nuevos espacios de dignificación y por eso no están dispuestos a vender lo poco que queda.
Víctor, hoy miles de jóvenes en América Latina y el Caribe no saben por ejemplo quién eras o por qué te mataron. Por lo que sea, millones beben en muchas cloacas. Van del reggaetón a los movimientos de cadera de Shakira, no a los movimientos sociales, que no les suenan. O algunos ostentan la presunta cultura política del antichavista Alejandro Sanz, entre otros de los que viven en Miami o en el mundo rico y raquítico. De eso tenemos responsabilidad. Y no corregimos con situaciones como las de ayer.
Víctor, escribo con el afecto y el respeto que he profesado por ti, no sólo por tu canto, que ha acompañado fiestas y lutos, con la partida de compañeros y compañeras que, como tú, lucharon hasta la muerte, hasta la victoria, sino que hoy te escribo esto porque se entrelaza como un grito racional, cargado de sentido y vergüenza, como rechazo al lacerante silencio que se enseñorea en sectores de la izquierda, que pueden tan fácil y puerilmente no leer, no enterarse, pasar página; por mera constancia y responsabilidad personal por lo que viene, si lo de ayer no se cuestiona y si no prende como inquietud la necesidad de dignificar las consignas en la que la paz sea la paz con justicia, sin imperialismo, sin bloqueo, sin hambre, sin humillación.
Lo escribo porque no ceso de escuchar las palabras que retumban y que me obligan, las que una vez cantaste en La Habana, que quiero de este modo honrar con humildad. Fue la noche del 4 de marzo de 1972 en la Casa de las Américas (acabo de escuchar de nuevo la grabación), cuando te referiste a los que cantan por la moda, a los oportunistas, a la usurpadora industria de la canción (que industrializa la canción “que está al lado de los combates del pueblo” para desarmarla), a los ídolos populacheros, a los cantantes protesta, a los de la canción para el turista, a los que hacen canción de tarjeta postal, y cuando antes de la octava canción, Ni chicha ni limoná, la comentaste diciendo que se refería a gente que no están ni allí ni allá… Y cantaste: La fiesta ya ha comenzao, y la cosa está que arde, uste’ que era el más quedao, se quiere adueñar del baile, total a los olfatillos no hay olor que se les escape… Ya déjese de patillas, venga a remediar su mal, si aquí debajito ‘el poncho no tengo ningún puñal, y si sigue hociconeando, le vamos a expropiar, las pistolas y la lengua y toíto lo demás… Usted no es na’, ni chicha ni limoná, se la pasa manoseando, caramba zamba su dignidad…
Recordé hace una semana los treinta y seis años de tu muerte, cuando te quebraron las manos por tu guitarra con olor a primavera, como bien dice Manifiesto. Apenas puedo disponer de estas cuartillas. Si fuera cantante te hubiera recordado coreando. Ni tengo una buena voz ni estaba ayer en La Habana, para haber entonado en soledad alguna estrofa tuya, como respuesta a la infamia. Ni soy por fortuna Juanes ni Bosé. De ellos tampoco esperábamos que te recordaran. 1973 y Chile quedan también muy lejos, para ellos, que son escasamente figurillas, a los que, como masas histéricas, no les dice nada la historia, la memoria. No hay que pedir peras al olmo. Supongamos que en un futuro la diplomacia no es doblez, que ese silencio no es tal, que podrá haber creaciones del arte, de la cultura, para el combate ante lo injusto. El criminal bloqueo contra Cuba revolucionaria sigue, el terrorismo de Estado en Colombia sigue…
Víctor Jara, gracias por tu ejemplo, que no muere. Hoy alumbra.