Mes: mayo 2010

Centro Histórico Mérida: un caso lleno de reflexiones.

 

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La ciudad blanca se nos convirtió en ring, en cancha de tenis, en cuadrante de béisbol. Las autoridades, que llegan con el “sagrado” voto popular, muy a pesar de la venta de datos en Tepito, “el barrio Bravo”, procedentes del Instituto Federal Electoral, siempre llenan de promesas la gran bolsa de la avaricia que luego irán rompiendo y desgranando a su manera y forma, para que el saco expulse todo lo que lleva adentro, sin que la diosa artemisa-Justicia lo vea o lo escuche.

La contienda entre los candidatos más fuertes al palacio Municipal de la ciudad de Mérida, se centró en la reformulación y reconstrucción, asimismo reconsideración, este punto de primero en sus listas, del Centro Histórico de la ciudad. Las Señoras Beatriz Zavala del Partido de Acción Nacional (PAN) y Angélica Araujo, del PRI, se convirtieron en dos personajes de la publicidad de supermercados:”mamas lucha” que riñeron por el apogeo de un casi desértico centro de la ciudad.

A principios de los 80, el centro histórico de esta ciudad comenzaba a ser considerado un pueblo muerto, un poblado fantasmagórico y que ya se acomodaba entre los cuerpos de leyenda como un vecindario en el cual muy poca gente quería invertir. Luego se fue amoldando al turismo noventero aupado por las guías europeas del viaje que llevaba implícito las 3 “B”: bueno, bonito y barato. De ahí hasta ahora los exploradores mochileros recorren la ciudad en busca de ciudades mayas, playas y cenotes y dado el auge y las subsecuentes recomendaciones, también otros se fueron acercando a explorar la Mérida, puerta de un mundo de ancestros mayas y gigantescas haciendas henequenales.

Es ahí donde comienzan las sui generis inversiones extranjeras y también una confrontación con un mundo de informaciones que llegaban de ultramar, así como de profesionales y artistas venidos de un Distrito Federal que había sufrido los embates de una súper inflación y de un pavoroso terremoto. Los encuentros culturales y las confrontaciones de las mismas comienzan a dar formas y frutos que llevaron a Mérida a ser un lugar, cuna y Meca, de muchos movimientos de performances, arquitectónicos, visuales y experimentales en los aspectos artísticos. Nacen colectivos de arte y se comienzan a gestar congresos, incluidos los Médicos, que llegaron a traspasar las fronteras del sureste mexicano para indicar una ciudad donde se celebraba el conocimiento y por ende su evolución y crecimiento. Mérida y su centro fungieron como un gran caldo de cultivo para grupos culturales libres y de pensamiento vislumbrado y de avance. Se efectuaron festivales performanceros. Nacieron movimientos de revistas y agrupaciones literarias con sus consecuentes talleres. Todo ello llevo a Mérida en los 90s y principios del nuevo milenio a ser señalada como una ciudad clave y propicia para el desarrollo de las artes. Los años noventa fueron tan marcados en este aspecto que la popularidad de la ciudad, en estos puntos, sobresalió en Europa. Mucha gente quería conocerla y luego de hacerlo, comenzaron a dejarse seducir por la posibilidad de una inversión en casas que era accesible y posible. Comienzan a venderse casas y con ello a nacer una industria de la remodelación. Así pues aquel cosmos abandonado fue tomado por algunos seres quienes inteligentemente, no hay que desmerecerlo, lo comenzaron a vender a “norteamericanos” quienes compraban por centavos casas que jamás hubiesen podido tener en su país de origen. Nació la industria de la venta de casas y la de los albañiles que las reconstruían, dando a comer a pueblos enteros del interior de la ciudad que vienen en las mañanas y se van en las tardes luego del rehacer diario del centro. Nacieron los despachos de arquitectos, las ventas de muebles, los decoradores y sus pertinentes cacicazgos. El aumento del sistema de cobro predial. Los engaños a personas que no conocen la ley mexicana de construcción y compra de bienes y de servicios, la usura y el robo, la prostitución que ve en el extranjero una forma de vivir. Las redes de algunos pederastas disfrazados de libres y buenos ciudadanos extranjeros. Las asociaciones civiles de extranjeros, con mexicanos al frente, patrocinando su interés personal. Así todo ello creció porque el centro se convirtió en dominio de muchos, en terreno de nadie, en calles sin ley y donde cada uno quiere hacer lo que le brinda su real gana. Un “Macondo” sin ley.

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Un punto merecedor de crónica es el mundo gay y del ambiente nocturno, quienes, también, encontraron en la ciudad un contexto propicio para el desarrollo. En aquel entonces Ana Rosa Payan, ahora ex presidenta municipal y para el momento representante del PAN, liquidó todo vestigio de movimiento gay, quizá… para complacer a grupos ideológicos con miedo a éste sector; es una pregunta que padece la comunidad y los gobernantes parecen eludir. Esta situación trajo como consecuencia que algunos sectores de esta comunidad minimizaran sus inversiones en la zona céntrica. Craso error que aun hoy se paga y del cual desconocemos aun consecuencias.

Mérida que siempre ha sido una ciudad flotante y portable, como un triste maletín de ejecutivo llevada, por algunos sectores sociales, a establecerse donde ellos quieran y se sientan cómodos, por ello creció a espaldas del centro y con miras a un norte hecho a la medida de Miami, con Plazas comerciales encapsuladas al extremo aire acondicionado, canchas de bowling, multi cinemas, en fin la fresa del helado norteamericano que les hace creer en que son acertados. Mientras el centro comenzó a caerse ante la indiferencia de autoridades, cuyo interés palacial ni siquiera les deja tiempo para mirar plazas y jardines.

Ejemplo que ilustra es el de varios inversores serios que han querido hacer del eje meridano un lugar turístico y vivible con decencia y se encuentran, a la hora de sus gestiones, lagunas podridas que paran, entorpecen y atrasan todo proyecto. Conozco, a título personal, de algunos que vinieron con la idea de inversiones en centros culturales, de Jazz y lounges y se tropezaron con los sacrosantos y empantanados servicios del ayuntamiento, del INAH, de la gobernación. Cobros irrespetuosos, mordidas y traspiés solo para desvalijar en el momento, porque hasta para eso son cortos de vistas algunos funcionarios. Algunos inversores, ya cansados de luchar, decidieron irse, bien a probar suerte a otros lugares o bien a sus países de origen. Uno de ellos me escribió que en Brasil se permite el crecimiento en la inversión turística con 3 años de exención por parte de las autoridades de Hacienda. Hecho que debe llamar la atención y fijar pautas para que los inversores pequeños y medianos colmen la plaza central de la ciudad. Por otro lado como invertir en estas áreas de recreación y esparcimiento cuando los permisos de venta de bebidas se atrasan y nunca llegan, haciendo que el inversor pierda absolutamente todo, quebrando al mismo. Se han caído muchas inversiones y eso minimiza no solo la venida de turistas sino que hace insoportable las noches solitarias de lo que podría ser el gran centro histórico de México.

A este cronista, un alto funcionario público, omitido su nombre por razones obvias, me preguntó, durante una cena de transformadores de la cultura, que si consideraba que la UNESCO podría darle un reconocimiento a Mérida. Yo parco y directo le señalé que no, con la consecuente mala cara de parte del funcionario. No era ni es posible considerar un análisis a un Centro Histórico que tiembla ante el acecho terrible de cuanto camión o bus pase por enfrente de nuestras narices, se estacione en un eje donde no hay caminarías ni espacios públicos y además lo conviertan en un lugar feo, mal oliente a gasolina y más caluroso debido a los efluvios que emite. Planes hay, muchos para embellecer el centro que lo han ido convirtiendo en un gran estacionamiento, pero eso sí: los propósitos están engavetados, guardados, minados por animalejos que se los comen en archivos húmedos de sótanos abandonados.

Soluciones deben surgir y deben comenzar por regentar con leyes, que existen y son aplicables, a defender a inversionistas y deben establecerse topes de venta y de construcción como es debido sin embargo con la flexibilidad que atraiga más y mejores posibilidades de desarrollo. Se deben fijar metas de corto y mediano plazo para recuperar zonas claves como lo son, por ejemplo, los arcos del Parque de Santa Lucía: una vergüenza a la cual se le ha debido aplicar alguna ley existente a manera de que el dueño o remodele, o venda o ceda al estado para desarrollos culturales. Esta es una plaza muerta solo ventaneada por música de trova y orquestas bailables los domingos. Tristemente desaprovechado.

En conjunto con el INAH considerar y respetar la inversión privada, siguiendo sus pautas y desarrollar mecanismos fáciles de conllevar por el inversor y por la institución. Debería llevarse a efecto un Censo de los extranjeros que viven en la zona para conocer expectativas y motivos. Igualmente obligar, bajo ley, a los propietarios de edificaciones abandonadas a su recuperación y/o venta. Además crear la figura de un Ombudsman para el sector extranjero, quien se ha convertido en una fuente segura de ingresos en la zona y obviamente del movimiento de los mismos. Cuidar este “surtidor” es prioritario a la hora de cuantificar las mejoras que se han hecho en el sector sin necesidad de una gasto extremo de parte de las entidades estatales.

Replantearse plazas y lugares públicos como centro de difusión pública. Asimismo calles icónicas pueden ser convertidas en bulevares donde se invite a pequeños, medianos y grandes inversores a volcar propuestas y acciones.

Utopía: tal vez, sin embargo lo que se necesita es menos burocracia, gastos de imagen, menos jalones de cabello y más, mucha más acción.

Gerardo Martínez

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El imperio del consumo

 

 

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Eduardo Galeano

 

El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos?
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus
imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece. Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas
tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar? El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son
fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros
artículos de lujo son el aire y el silencio. Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas? El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping
center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas. La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero
vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.