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De la absoluta incredulidad, uno pasa al silencio, a una sensación de disgusto que no se explica, a una nausea descontrolada. Luego al asombro y de allí al temor por lo que vendrá, por lo desconocido y porque a todos los que habitamos está ciudad se nos quebró y violento el piso.

Lo sucedido en Mérida, ayer, con el inicio de la construcción del paso vial subterráneo, llamado “deprimido” establece que ya se perdió la regla de un juego democrático y de un solo golpe de timón se toma a la sacrosanta teoría del Estado para imponer matrices personalistas y partidistas, dejando a un lado las visiones, opiniones y derechos de todos los ciudadanos que habitan la orbe, eso que llamamos comuna.

La pregunta esencial, a estas horas del asunto, es por qué no se abrió un referéndum para escuchar las partes y conocer si la glorieta de Montejo debía ser reestructurada; por qué no se llevó a cabo un exhaustivo proceso de investigación que abriera posibilidades de transporte fluido en una ciudad que ha crecido a paso de locura, por los otros ciudadanos mexicanos que huyen de sus estados sumergidos en la violencia. ¿Se ha tomado en cuenta, a la verdad pública, que este paso puede llegar a ser el punto más inundable de la ciudad?

Los hechos demuestran que no, que no se ha escuchado a la ciudadanía. Mérida ha crecido en un porcentaje desorbitado y se nos tienen ocultas las estadísticas e índices del caso, pues eso implica responsabilidad social y acción ciudadana para con los que llegan, bien a invertir, bien a trabajar, bien a participar en la evolución citadina. Mientras esto sucede y se deja a un lado, los enfoques de la Alcaldía se han dirigido a proyectos que no tienen asidero común y que a la larga no proyectan un beneficio palpable en el proyecto de vivir aquí.

Mientras, Mérida se ahoga en un centro histórico lleno de escombros, sucio y en total estado de abandono, pernoctado en las noches por una campante prostitución, que se sofoca en agresiones y hechos delictivos, también escondidos y omitidos. También agregaremos, solo como un mostrador, que las aceras de la ciudad perdieron la perspectiva de “aceras” y están todas derruidas, rotas y cuando no, con tramos inexistentes. Ni más decir del sistema de alcantarillado que es quimérico para la cantidad de agua que cae en las temporadas de lluvia y que convierten la ciudad en un navegable charco de aguas negras.

Con este pequeño rosario de haberes por hacer, de situaciones por reconstruir, surge el hecho de una cosa obsoleta e impuesta que ha traído una visión dantesca de un infierno que se llevaba por dentro y que salió a mirarnos la cara con una doctrina del miedo. A golpe limpio, a golpe sucio, a porrazo batiente se agredieron ancianos, se asfixiaron niños, se mancillaron partes diplomáticas, se acallaron los gritos de libertad con el odio y el miedo, se traspasaron los papeles y vemos mujeres esbirros atacar a una señora indefensa pegándole en la cabeza y en sus costillas como un acto de tortura, publica, publicitada.

No importaron los llantos, los gritos y las voces no fueron escuchados sino acallados. Ahora las culpas van de un lado a otro como pelota de goma en rebote, que si fueron infiltrados del PAN, que si hay quintas columnas, que el paso va, que no se si hubo heridos, que no hubo, que fueron ellos, nosotros, nosotras no tenemos nada que ver, se des enmarca la información veraz para crear una escapatoria, una salida al suceso y a sus múltiples interpretaciones. Surge la pregunta, dentro de un marco legal: ¿se escuchó al pueblo, al vecindario, a los que por allí transitan…?

Los hechos hasta hoy sucedidos muestran una cara preocupante y que debe ser analizada con urgencias por los partidos políticos, porque demuestran que a distancias de los ciudadanos corren ríos y cauces que desbordarán el lodo con lo cual pueden quedar sepultados. Oído al tambor cuando este suena. Repetir el hecho es acercar la ciudad de la Paz a un borde de la cual no habrá salida.

Gerardo Martínez