Michael Moore

Traducción Jorge Anaya
De cuando en cuando, alguien menor de 30 años me pregunta: ¿Cuándo
empezó Estados Unidos a ir cuesta abajo? Dicen que durante mucho tiempo
oyeron que los trabajadores podían criar una familia y enviar a los hijos a
la universidad sólo con el ingreso de uno de los padres (y que en estados
como California y Nueva York la universidad era casi gratuita). Que
cualquier persona que quisiera un empleo con un sueldo decente podía
tenerlo. Que las personas trabajaban cinco días a la semana, ocho horas
diarias, tenían todo el fin de semana libre y vacaciones pagadas cada
verano. Que muchos empleados eran sindicalizados, desde los empacadores de
la tienda hasta el pintor de brocha gorda, lo cual significaba que, por
humilde que fuera el trabajo, uno tenía garantizada una pensión, aumentos de
sueldo ocasionales, seguro médico y alguien que lo defendiera a uno en caso
de recibir un trato injusto. Los jóvenes han oído hablar de ese tiempo
mítico, pero no es un mito: era real. Y cuando preguntan ¿cuándo terminó?,
les contesto: El 5 de agosto de 1981. En esa fecha, hace 30 años, las
grandes empresas y la derecha decidieron dar el golpe: ver si podían
destruir la clase media para volverse más ricos. Y lo han logrado.
El 5 de agosto de 1981, el entonces presidente Ronald Reagan despidió
a todos los miembros del sindicato de controladores aéreos (PATCO),
que desafiaron su orden de regresar al trabajo, y declaró ilegal al
sindicato. Llevaban apenas dos días en huelga. Fue un acto audaz y
descarado. Nunca nadie lo había intentado. Lo que lo hizo aún más audaz fue
que PATCO había sido uno de los tres sindicatos que respaldaron a Reagan
para presidente. Una ola de conmoción sacudió a los trabajadores en todo el
país. Si Reagan hizo eso a quienes estaban con él, ¿qué nos hará a
nosotros? Reagan fue impulsado en su candidatura presidencial por la gente
de Wall Street, que junto con los cristianos de derecha quería restructurar
el país y revertir la tendencia iniciada por el presidente Franklin
Delano Roosevelt, dirigida a mejorar la vida del trabajador promedio. Los
ricos odiaban pagar mejores salarios y prestaciones, y más aún pagar
impuestos; además, despreciaban a los sindicatos. Los cristianos de derecha
detestaban todo lo que les sonaba a socialismo o a tender la mano a las
minorías o a las mujeres.
Reagan prometió poner fin a todo eso. Así que, cuando los controladores
se pusieron en huelga, vio llegado el momento. Al deshacerse de ellos
y proscribir su sindicato, envió un mensaje claro y fuerte: los días en
que todos llevaban una confortable vida de clase media habían terminado. De
allí en adelante, Estados Unidos sería gobernado en esta forma: * Los súper
ricos ganarán más, mucho más, y el resto de ustedes luchará por las migajas
que sobren.
* ¡Todos a trabajar! Mamá, papá, los adolescentes de la casa.
¡Papá, consigue un segundo empleo! ¡Niños, allí está la cadena para la
puerta! Tal vez sus padres regresen a tiempo para llevarlos a acostar. * 50
millones de personas quedarán sin seguro médico. Y las
compañías aseguradoras pueden decidir a quién ayudar… o no. * ¡Los
sindicatos son malos! No deben pertenecer a un sindicato. No necesitan
abogados. ¡Cierren la boca y pónganse a trabajar! No, no se vayan todavía,
no hemos terminado. Que los niños se preparen la cena. * ¿Quieren ir a la
universidad? No hay problema: firmen aquí y estarán vendidos a un banco los
próximos 20 años. * ¿Qué es eso de aumento de sueldo? ¡Cierren la boca y
pónganse a trabajar! Y así por el estilo. Pero Reagan no hubiera podido
lograr esto por sí solo. Tuvo un gran ayudante: la AFL-CIO. La mayor central
de trabajadores del país dijo a sus agremiados que rompieran la huelga de
los controladores aéreos y fueran a trabajar. Y así lo hicieron: pilotos,
asistentes de vuelo, choferes de camiones de suministros, manejadores de
equipaje: todos esos sindicalizados ayudaron a romper la huelga. Y
sindicalizados de todos los ramos rompieron también la huelga al volver a
viajar en avión. ¡Reagan y Wall Street no podían creer lo que veían! Cientos
de miles de trabajadores y sindicalistas apoyaban el despido de
compañeros sindicalizados. Fue un regalo de Navidad adelantado para los
grandes consorcios del país.
Fue el principio del fin. Reagan y los republicanos supieron que
podrían salirse con la suya en lo que fuera… y así lo hicieron.
Recortaron impuestos a los ricos. Dificultaron la formación de sindicatos en
los centros de trabajo. Eliminaron las normas de seguridad en las
instalaciones fabriles. Pasaron por encima de las leyes antimonopolios y
permitieron que miles de compañías se fusionaran o fueran adquiridas por
otras y después cerradas. Los consorcios congelaron salarios y amenazaron
con mudarse a otros países si los trabajadores no aceptaban menor paga y
menos prestaciones. Y cuando los trabajadores accedieron, de todos modos
se mudaron al extranjero.
Y todo el tiempo la mayoría de los estadunidenses lo aceptaron. Hubo
muy poca oposición o resistencia. Las masas no se levantaron a proteger
sus empleos, sus hogares, sus escuelas (que alguna vez fueron las mejores
del mundo). Aceptaron su destino y recibieron la golpiza. A menudo me
he preguntado qué habría ocurrido si todos hubiéramos dejado de volar en
1981. Si los sindicatos le hubieran dicho a Reagan: Devuélveles su empleo a
los controladores o paralizaremos la nación. Ustedes saben lo que habría
pasado: la elite empresarial y su muchacho Reagan se habrían doblegado. Pero
no lo hicimos. Y así, poco a poco, en los 30 años siguientes, los que han
estado en el poder han destruido a la clase media del país y, a su vez, han
arruinado el futuro de nuestros jóvenes. Los salarios han
permanecido estancados esos 30 años. Echen una ojeada a las estadísticas y
verán que cada descenso que sufrimos ahora comenzó en 1981 (vean en *<
http://www.youtube.com/watch?v=vvVAPsn3Fpk>* una pequeña escena de mi película
más reciente que ilustra esto).
Todo empezó este día, hace 30 años. Uno de los días más negros en
la historia estadunidense. Y nosotros dejamos que ocurriera. Sí, ellos
tenían el dinero, los medios masivos y los policías. Pero nosotros éramos
200 millones. ¿Alguna vez se han preguntado qué pasaría si 200 millones
se pusieran furiosos de verdad y quisieran que les devolvieran su patria,
su vida, sus empleos, sus fines de semana, el tiempo que pasaban con sus
hijos? ¿Nos hemos dado todos por vencidos? ¿Qué estamos esperando?
Olvidémonos del 20 por ciento que apoya al Tea Party: ¡nosotros somos el
otro 80 por ciento! Esta ida cuesta abajo sólo terminará cuando lo exijamos.
Y no con una petición en línea o un tuit. Tendremos que apagar la
televisión, la computadora y los videojuegos y salir a las calles (como
hicieron en Wisconsin). Algunos de ustedes tendrán que postularse a cargos
de elección en sus localidades el año próximo. Necesitamos que los
demócratas hagan acopio de valor y dejen de recibir dinero de los
consorcios... o se hagan a un lado. ¿Cuándo tendremos suficiente? El sueño
de la clase media no va a reaparecer por arte de magia. El plan de Wall
Street es claro: Estados Unidos será una nación de ricos y desposeídos.
¿Están ustedes conformes con eso? ¿Por qué no utilizar este día para hacer
una pausa y pensar en los pasos que cada uno puede dar para revertir esta
tendencia en nuestro vecindario, en nuestro lugar de trabajo, en nuestra
escuela? ¿Habrá un día mejor que hoy para empezar?
Su amigo, Michael Moore.