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Venezuela, en la hora de los hornos

Atilio Borón

La dialéctica de la revolución y el enfrentamiento de clases que la impulsa aproxima la crisis venezolana a su inexorable desenlace. Las alternativas son dos y solo dos: consolidación y avance de la revolución o derrota de la revolución. La brutal ofensiva de la oposición –criminal por sus métodos y sus propósitos antidemocráticos– encuentra en los gobiernos conservadores de la región y en desprestigiados exgobernantes figurones que inflan su pecho en defensa de la “oposición democrática” en Venezuela y exigen al Gobierno de Maduro la inmediata liberación de los “presos políticos”. La canalla mediática y “la embajada” hacen lo suyo y multiplican por mil estas mentiras. Los criminales que incendian un hospital de niños forman parte de esa supuesta legión de demócratas que luchan para deponer la “tiranía” de Maduro. También lo son los terroristas –¿se los puede llamar de otro modo?– que incendian, destruyen, saquean, agreden y matan con total impunidad (protegidos por las policías de las 19 alcaldías opositoras, de las 335 que hay en el país). Si la policía bolivariana –que no lleva armas de fuego desde los tiempos de Chávez– los captura, se produce una pasmosa mutación: la derecha y sus medios convierten a esos delincuentes comunes en “presos políticos” y “combatientes por la libertad”, como los que en El Salvador asesinaron a monseñor Oscar Arnulfo Romero y a los jesuitas de la UCA; o como los “contras” que asolaron la Nicaragua sandinista financiados por la operación “Irán-Contras” planeada y ejecutada desde la Casa Blanca.
Julio Borges se reunió con el teniente general H.R. McMaster
Resumiendo: lo que está sucediendo hoy en Venezuela es que la contrarrevolución trata de tomar las calles –y lo ha logrado en varios puntos del país– y producir, junto con el desabastecimiento programado y la guerra económica el caos social que remate en una coyuntura de disolución nacional y desencadene el desplome de la Revolución Bolivariana. Reflexionando sobre el curso de la revolución de 1848 en Francia Marx escribió unas líneas que, con ciertos recaudos, bien podrían aplicarse a la Venezuela actual. En su célebre El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte describía la situación en París diciendo que “en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución, el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”. Sería imprudente no tomar estas palabras muy seriamente, porque eso es precisamente lo que el imperio y sus secuaces tratan de hacer en Venezuela: lograr la aceptación popular de “un final terrible” que ponga término a “un terror sin fin”. A tal efecto Washington aplica la misma receta administrada en tantos países: organizar la oposición y convertirla en la semilla de la contrarrevolución, ofrecerle financiamiento, cobertura mediática y diplomática, armas; inventar sus líderes, fijar la agenda y reclutar a mercenarios y malvivientes de la peor calaña que hagan la tarea sucia de “calentar la calle” matando, destruyendo, incendiando, saqueando, mientras sus principales dirigentes se fotografían con presidentes, ministros, el secretario general de la OEA y demás agentes del imperio. Esto mismo hicieron hace unos años con gran éxito en Libia, en donde Washington y sus compinches inventaron los “combatientes por la libertad” en Benghasi. La prensa hegemónica difundió esa falsa noticia a los cuatro vientos y la OTAN hizo lo que hacía falta. El resultado final: destrucción de Libia bombardeada a mansalva durante meses, caída y linchamiento de Gadafi, entre las risotadas de una hiena llamada Hillary Clinton. En Venezuela están aplicando el mismo plan, con bandas armadas que destruyen y matan lo que sea ante una policía poco menos que indefensa.
Por comparación, la ofensiva imperial lanzada contra Salvador Allende en los años setenta fue un juego de niños al lado de la inaudita ferocidad del ataque sobre Venezuela. No hubo en Chile una oposición que contratara bandas criminales para ir por los barrios populares disparando a mansalva para aterrorizar a la población;  tampoco un gobierno de un país vecino que apañara el contrabando y el paramilitarismo, y una prensa tan canalla y efectiva como la actual, que hizo de la mentira su religión. Días pasados publicaron la foto de un joven vestido con uniforme de combate y arrojando una bomba molotov sobre un carro de policía y en el epígrafe se habla ¡de la “represión” de las fuerzas de seguridad chavistas cuando eran estas las que eran reprimidas por los revoltosos! Esa prensa proclama indignada que la represión cobró la vida de más de treinta personas pero oculta aviesamente que la mayoría de los muertos son chavistas y que por lo menos cinco de ellos policías bolivarianos ultimados por los “combatientes por la libertad”. Los incendios, saqueos y asesinatos, la incitación y la comisión de actos sediciosos son publicitados como la comprensible exaltación de un pueblo sometido a una monstruosa dictadura que, curiosamente, deja que sus opositores entren y salgan del país a voluntad, visiten a gobiernos amigos o a instituciones putrefactas como la OEA para requerir que su país sea invadido por tropas enemigas, hagan periódicas declaraciones a la prensa, convaliden la violencia desatada, se reúnan en una farsa de Asamblea Nacional, dispongan de un fenomenal aparato mediático que miente como jamás antes, vayan a terceros países a apoyar a candidatos de extrema derecha en elecciones presidenciales sin que ninguno sea molestado por las autoridades. ¡Curiosa dictadura la de Maduro! Todas estas protestas y sus instigadores están encaminadas a un solo fin: garantizar el triunfo de la contrarrevolución y restaurar el viejo orden prechavista mediante un caos científicamente programado por gentes como Eugene Sharp y otros consultores de la CIA que han escrito varios manuales de instrucción sobre como desestabilizar gobiernos.[1]
El modelo de transición que anhela la contrarrevolución venezolana no es el “Pacto de la Moncloa” ni ningún pacífico arreglo institucional sino la aplicación a rajatabla del modelo libio. Y, por supuesto, no tienen la menor intención de dialogar, por más concesiones que se les haga. Pidieron una Constituyente y cuando se la otorgan acusan a Maduro de fraguar un autogolpe de Estado. Violan la legalidad institucional y la prensa del imperio los exalta como si fueran la quintaesencia de la democracia. No parece que la rehabilitación de Henrique Capriles o inclusive la liberación de Leopoldo López podrían hacer que un sector de la oposición admitiera sentarse en una mesa de diálogo político para salir de la crisis por una vía pacífica porque la voz de mando la tiene el sector insurreccional. La derecha y el imperio huelen sangre y van por más, y medidas apaciguadoras como esas los envalentonaría aún más aunque admito que mi análisis podría estar equivocado. Desde afuera, gentuzas como Luis Almagro, que emergen cubiertos de estiércol desde las cloacas del imperio, orquestan una campaña internacional contra el Gobierno Bolivariano. Y países que jamás tuvieron una Constitución democrática y surgida de una consulta popular en toda su historia, como Chile, tienen la osadía de pretender dar lecciones de democracia a Venezuela, que tiene una de las mejores constituciones del mundo y, además, aprobada por un referendo popular.
Los “pacíficos” incendiaron un tanque antimotín de la GNB
Maduro ofreció nada menos que convocar a una Constituyente para evitar una guerra civil y la desintegración nacional. Si la oposición confirmara en los próximos días su rechazo a ese gesto patriótico y democrático el único camino que le quedará abierto al Gobierno será dejar de lado la excesiva e imprudente tolerancia tenida con los agentes de la contrarrevolución y descargar sobre ellos todo el rigor de la ley, sin concesión alguna. La oposición no violenta será respetada en tanto y en cuanto opere dentro de las reglas del juego democrático y los marcos establecidos por la Constitución; la otra, el ala insurreccional de la oposición, deberá ser reprimida sin demora y sin clemencia. El Gobierno Bolivariano tuvo una paciencia infinita ante los sediciosos, que en Estados Unidos estarían presos desde 2014 y algunos, Leopoldo López, por ejemplo, condenado a cadena perpetua o a la pena capital. Su mayor pecado fue haber sido demasiado tolerante y generoso con quienes solo quieren la victoria de la contrarrevolución a cualquier precio. Pero ese tiempo ya se acabó. La inexorable dialéctica de la revolución establece, con la lógica implacable de la ley de la gravedad, que ahora el Gobierno debe reaccionar con toda la fuerza del Estado para impedir a tiempo la disolución del orden social, la caída en el abismo de una cruenta guerra civil y la derrota de la Revolución. Impedir ese “final terrible” del que hablaba Marx antes del “terror sin fin.” Si el Gobierno Bolivariano adopta este curso de acción podrá salvar la continuidad del proceso iniciado por Chávez en 1999, sin preocuparse por la ensordecedora gritería de la derecha y sus lenguaraces mediáticos que de todos modos ya hace tiempo vienen aullando, mintiendo e insultando a la Revolución y sus protagonistas. Si, en cambio, titubeara y cayera en la imperdonable ilusión de que a los violentos se los puede apaciguar con gestos patrióticos o rezando siete Ave Marías, su futuro tiene el rostro de la derrota, con dos variantes. Uno, un poco menos traumático, terminar como el sandinismo, derrotado “constitucionalmente” en las urnas en 1989. Solo que Venezuela está asentada sobre un inmenso mar de petróleo y Nicaragua no, y por eso hay que desterrar el espejismo de que si los sandinistas volvieron al gobierno los chavistas podrían hacer lo propio, diez o quince años después de una eventual derrota. ¡No! El triunfo de la contrarrevolución convertiría de hecho a Venezuela en el estado número 51 de la Unión Americana, y si Washington durante más de un siglo ha demostrado no estar dispuesto a abandonar a Puerto Rico ni en mil años se iría de Venezuela una vez que sus peones derroten al chavismo y se apoderen de este país y su inmensa reserva petrolera. La Revolución Bolivariana es social y política y, a no olvidarlo, una lucha de liberación nacional. La derrota de la Revolución se traduciría en la anexión informal de Venezuela a Estados Unidos. La segunda variante de una posible derrota configuraría el peor escenario. Incapaz de contener a los violentos y de restablecer el orden y una cierta normalidad económica una insurrección violenta aplicaría el modelo libio para acabar con la Revolución Bolivariana. No olvidar que ahora la número dos del Comando Sur es nada menos que un personaje tan siniestro e inescrupuloso como Liliana Ayalde, quien fuera embajadora de Estados Unidos en Paraguay y Brasil y que en ambos países fue la artífice fundamental de sendos golpes de estado. Una mujer de armas tomar a quien no le temblaría la mano a la hora de lanzar las fuerzas del Comando Sur contra Venezuela, derribar su Gobierno y, como en Libia, hacer que una turbamulta organizada por la CIA termine con el linchamiento de Maduro como sucediera con Gadafi, y el exterminio físico de la plana mayor de la Revolución. La dirigencia bolivariana, la obra de Chávez y la causa de la emancipación latinoamericana no merecen ninguno de estos dos desenlaces, ninguno de los cuales es inevitable si se relanza la Revolución y se aplasta sin miramientos a las fuerzas de la contrarrevolución.
El más completo de esos infames manuales escrito por Eugene Sharp es De la dictadura a la democracia publicado en Boston por la Albert Einstein Institution, una ONG pantalla de la CIA. Sharp se considera el creador de la teoría de la “no violencia estratégica”. Para comprender lo que significa esto, y para comprender también lo que está ocurriendo hoy en Venezuela, aconsejo fervientemente leer ese libro y sobre todo el Apéndice, en donde su autor enumera 197 métodos de acción no violentas, entre los que se incluyen “forzar bloqueos económicos”, “falsificar dinero y documentos”, “ocupaciones e invasiones”, etcétera. Todas acciones “no violentas”, como puede verse.
T/ Atilio A. Boron
http://www.atilioboron.com.ar/2017/05/venezuela-en-la-hora-de-los-hornos.html

La “oposición democrática” en Venezuela: peor que el fascismo

Por Atilio Borón

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La secuencia de los acontecimientos que tienen lugar en la República Bolivariana de Venezuela demuestran que la estrategia de la mal llamada “oposición democrática” es una conspiración sediciosa para destruir el orden democrático, arrasar las libertades públicas y aniquilar físicamente a las principales figuras del chavismo, comenzando por el mismísimo presidente Nicolás Maduro, su familia y su entorno inmediato. Los opositores están recorriendo metódicamente los pasos indicados por el manual desestabilizador de “no violencia estratégica” (¡sic!) del consultor de la CIA Eugene Sharp. No puede haber el menor equívoco en la interpretación de las criminales intenciones de esa oposición y de lo que, si llegaran a triunfar, serían capaces de hacer. Si sus jefes lograsen involucrar militarmente a Estados Unidos en la crisis venezolana propiciando la intervención del Comando Sur –con la tradicional colaboración militar de los infames peones de Washington en la región, siempre dispuestos a respaldar las aventuras de sus amos del Norte- arrojarían una chispa que incendiaría la reseca pradera latinoamericana. Las consecuencias serían catastróficas no sólo para nuestros pueblos sino también para Estados Unidos que seguramente cosecharía, como en Girón, una nueva derrota en nuestras tierras.

Esa es la apuesta de esta oposición, canallescamente exaltada por la prensa hegemónica mundial -como antes lo hiciera con “los combatientes por la libertad” en Nicaragua y, después, en Libia e Irak- y que miente descaradamente al presentar lo que realmente está ocurriendo en Venezuela. La tentación de la derecha venezolana de internacionalizar el conflicto y atraer al músculo militar del imperio cobró nuevos bríos al conocerse las recientes declaraciones del jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd, ante la Comisión de Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos, y sobre todo cuando se hizo pública la designación de Liliana Ayalde como Vice Jefa Civil del Comando Sur. Esta se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en Paraguay en vísperas del “golpe parlamentario” contra el gobierno de Fernando Lugo, ocasión en que se movió tras bambalinas para garantizar el éxito de los golpistas. Luego de unas breves vacaciones retornó a la región para ocupar el mismo cargo pero esta vez en Brasilia, donde alentó y auspició el “derrocamiento institucional” de Dilma Rousseff. Consumada su obra regresó a Estados Unidos en busca de nuevas misiones desestabilizadoras y la encontró en el Comando Sur. En otras palabras, la número dos esa organización es mucho más peligrosa que su jefe: hija de un médico colombiano radicado en Estados Unidos, Ayalde es una temible experta en demoliciones políticas, y fue designada (¡seguramente por obra del azar!) para el cargo que hoy ocupa en Febrero del corriente año, en coincidencia con la intensificación de las protestas violentas en contra del gobierno bolivariano. Según puede leerse en el sitio web del Comando Sur su misión es “monitorear el desarrollo y refinamiento de la estrategia regional del Comando Sur y sus planes de cooperación en materia de seguridad”. Lo que la oposición “democrática” venezolana desea es precipitar una violenta “transición” al pos-chavismo, re-editando en la patria de Bolívar y de Chávez la tragedia ocurrida en Libia o Irak. Ese es su plan, el modelo que se desprende de las desaforadas e irresponsables y belicosas arengas de sus líderes y lo que el Comando Sur y su tenebrosa vice jefa tienen en carpeta. Pocas designaciones podrían haber sido más oportunas que ésta para alentar a los sectores violentistas de Venezuela. Y pocas actitudes serían más suicidas del gobierno venezolano que pretender apaciguar a los violentos con concesiones de distinto tipo. Desgraciadamente ha llegado “la hora de los hornos” y sólo podrá verse la luz, como decía José Martí, si el estado aplica todo el rigor de la ley y apela a la eficacia de su fuerza para someter sin miramientos al vandalismo de la derecha y aplastar el huevo de la serpiente antes de que sea demasiado tarde.

¿Fascistas? Si, por sus métodos, similares a los empleados por las bandas armadas de Mussolini y Hitler para aterrorizar a italianos y alemanes sembrando destrucción y muerte por la nueva oleada terrorista; fascistas por su contenido político, pues su propuesta es intrínsecamente reaccionaria al pretender borrar de un plumazo, como infructuosamente se intentara en el golpe de estado del 11 de Abril del 2002, todas las conquistas populares alcanzadas desde 1999 en adelante. Fascistas también por la absoluta inmoralidad e inescrupulosidad de sus líderes, que alimentan el fuego de la violencia, incitan a sus bandas de lúmpenes y paramilitares a atentar contra la vida y la propiedad de los venezolanos y las agencias e instituciones –hospitales, escuelas, edificios públicos, etcétera- del estado y que no se arredran ante la posibilidad de sumir a Venezuela en una cruenta guerra civil o, en el improbable caso de prevalecer, convertir a ese país en un abominable protectorado norteamericano.

Dicho todo lo anterior los opositores venezolanos son peores que los fascistas en la medida en que estos conservaban, por lo menos, un cierto sentido nacional. Sus congéneres italianos y alemanes ni remotamente se arrastraron en el fango de la política internacional para ofrendar sus países a una potencia extranjera como lo hace, hundida para siempre en eterna ignominia, la derecha venezolana que alternativamente gime o aúlla para que su patria, la patria de Simón Rodríguez y Francisco de Miranda, de Simón Bolívar y Hugo Chávez, se convierta en una abyecta colonia norteamericana. Tratarlos de fascistas sería hacerles un favor. Son mucho peores y más despreciables que aquellos.

PSIQUE Y SOCIEDAD

La era de la “post-verdad”

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Estamos viviendo momentos en los cuales la verdad “objetiva” ha dejado de importar, aunque podríamos tener una larga discusión sobre si realmente alguna vez esta ha existido como se ilustra en la caverna de Platón. Si algo es cierto o no, hoy en día es lo que menos tiene significado. Es la era de la “post-verdad” (proveniente del inglés post-truth) también llamada la “mentira emotiva”, término acuñado para definir una estrategia mediante la cual se trata de moldear la opinión pública no a través de hechos comprobables, sino apelando a sus emociones y sus creencias. Desde hace muchos años el hombre ha hecho el intento científico de definir los hechos observables, sin embargo, nos encontramos que cada vez es más complejo demostrar que esto pueda ser posible. Lo que vemos, lo que vivimos no es más que una realidad relativa y mediatizada por nuestras experiencias, pero especialmente por los medios de comunicación y la tecnología basados en el manejo de la percepción. La mayoría toma como “noticia” la interpretación que se hace sobre un hecho determinado que haya ocurrido o no, lo que lo valida es su aparición en las pantallas, en las declaraciones de un vocero o de un actor político-social o que se repita en cadena por varios usuarios.
No se trata solo de un estilo comunicativo, si no de un régimen adoptado por el sistema para ejercer un fuerte control social por eso es vital estar atento a las formas sutiles de manipulación de las que se es víctima para enfrentarlas. Nos encontramos frente al fenómeno de que algo que aparenta ser verdad es más importante que la verdad misma, lo que también nos lleva a pensar en el concepto de “hiperrealidad” donde la representación termina por confundirse con el objeto que representa.
Vivimos en una sociedad donde casi todo es un engaño y los ciudadanos lo ven como algo “normal” mientras satisfaga sus emociones e ideas preconcebidas. ¿Conformismo, alienación, desidia, negligencia, decadencia? La psicología ha tratado de dar algunas explicaciones a través de la “disonancia cognitiva” que es ese estado de tensión y conflicto interno que sentimos cuando la realidad choca con nuestras creencias, sin embargo, si usted no permanece alerta y trata de enfrentar esta situación seguirá preso de una gran industria de masas. El género de ciencia ficción suele mostrar denuncias sobre estos temas. Series como “Black Mirror” se acercan de manera genial a estas tendencias o documentales como “hypernormalisation” nos hacen reflexionar sobre este tema tan controversial.
Vivimos una época de exceso de información, donde la marea de datos nos desborda, especialmente en las redes sociales, donde todos pasaron a ser “periodistas” virtuales sin ningún criterio de discriminación. Cada quien tiene en sus manos un arma sin estar concientes de ello. Todo el mundo comparte lo que cree es su “verdad” cuando solo se trata de su pequeña “burbuja” que además pasa por ser consensuada y convalidada a nivel grupal. Lo realmente cierto es que todo es subjetivo, solo vemos las partes que queremos ver y que nos convienen o que están acordes con nuestros intereses. Vemos todo desde nuestra percepción, con nuestros sesgos y prejuicios. La verdad ha sido siempre una ilusión, solo es una herramienta de poder de la cual todos han querido adueñarse desde la iglesia hasta los grupos económicos para ser usada para generar simpatía, En las redes encontramos así los filtros de información que solo te presentan lo que ellos quieren que veas. Recibimos una versión del mundo basada en algoritmos. Vivimos adormecidos y no nos atrevemos a enfrentar lo que hay más allá y desafiar lo que creemos, es necesario abrir la mente y atreverse a salir de la “burbuja”.
Aspectos importantes a tomar en cuenta a la hora de estar frente a ciertas “noticias”:
-Reconozca la fuente y su confiabilidad: asegúrese de dónde proviene la información que está compartiendo.
-Ya no se trata solo de hacerse las tradicionales preguntas que solíamos hacernos frente a una noticia: qué, cómo, cuándo, dónde o por qué, sino de preguntarse qué desean los emisores de esa información que usted sienta o piense al respecto.
-No comparta información falsa o de dudosa fuente.
-Aclare cualquier rumor que llegue a sus redes y no replique noticias que puedan ser falsas.
-Trate de ser ecuánime y mantenerse centrado en medio de situaciones caóticas que solo apelan a su emocionalidad.
-Recuerde que se trata de una guerra psiológica con armas muy refinadas, no caiga en la trampa.
Kenia Lugo de Contreras
keniakali@gmail.com

La gran mentira
R. Alirio Contreras
alirio.contreras@gmail.com
El término “post-verdad” fue escogido como la palabra del año 2016. Como fenómeno se sustenta más allá de la veracidad de las noticias, en la sensación que estas provocan. Una idea propia sustraída de las estrategias del marketing que apela a técnicas de persuasión psicológica, muchas de ellas tomadas de las teorías de Sigmund Freud por su sobrino, Edward Bernays, considerado el padre de la publicidad. Pero el principio por el cual se constituye la publicidad tiene mucho que ver con el concepto de la post verdad, en vista que apela a la “sensación” que provoca el mensaje.
La referencia a las emociones que el concepto de la “post-verdad” pone sobre el tapete, encuentra un claro ejemplo en el manejo de las redes sociales. En ellas, la veracidad de los hechos se sustituye por las emociones que una noticia provoca en los seguidores de esas redes. Mueve entonces la emocionalidad, se multiplica y replica aquello que nos identifica desde nuestra posición.
En este sentido, basta con crear una noticia falsa, que impacte en la emotividad de los receptores, para que eso sea suficiente para formar opinión pública sobre el tema. En nuestro país sucede mucho, especialmente en los escenarios actuales de confrontación política, en los que cualquier hecho se distorsiona o se crean “hechos” que se enmarcan en un contexto irreal, pero que logra movilizar las emociones de los receptores en un sentido. Es, como decíamos, parte del principio de la publicidad. A uno le colocan frente a la televisión o en un afiche una imagen de una hamburguesa junto a un refresco chispeante, sabemos que cuando vayamos a comprar al restaurante no vamos a encontrar nada parecido a lo que vimos en la publicidad, pero el mecanismo de engaño a nuestros deseos está activo, y la sensación y emoción que nos provoca nos hará dar por sentado que en ese restaurante vamos a satisfacer el deseo que nos estimuló la imagen.
Esto nos lleva a afirmar que vivimos en una era de falsas noticias, que arrastra las emociones de la gente en función de temas específicos, que crean matrices de opinión y en consecuencia moviliza masas en busca de un objetivo determinado, de acuerdo a los intereses de quienes promueven este tipo de “hechos”.

Kenia Kalí

Venezuela desde adentro: siete claves para entender la crisis actual

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Por: Emiliano Teran Mantovani | Domingo, 23/04/2017 07:20 PM

tomado de Aporrea

No es posible entender la crisis actual en Venezuela sin analizar en conjunto los factores que se desarrollan ‘desde adentro’, y que no son explicados en su conjunto por los principales medios de comunicación. Planteamos siete claves de la crisis actual en donde se resalta que no se puede comprender lo que pasa en Venezuela sin tomar en cuenta la intervención foránea y que el concepto de ‘dictadura’ ni explica el caso venezolano ni es una especificidad regional de ese país. A su vez planteamos que se están desbordando el contrato social, las instituciones y los marcos de la economía formal y que se está canalizando el devenir y las definiciones políticas de la actual situación por la vía de la fuerza y a través de un buen número de mecanismos informales, excepcionales y subterráneos. Proponemos que el horizonte compartido de los dos bloques partidarios de poder es neoliberal, que estamos ante una crisis histórica del capitalismo rentístico venezolano y que comunidades, organizaciones populares y movimientos sociales se enfrentan a un progresivo socavamiento del tejido social.

El trato que se le da a Venezuela en los grandes medios de comunicación internacionales es sin duda especial en todo el mundo. No tenga dudas que hay demasiadas tergiversaciones, demasiado maniqueísmo, demasiados slogans, demasiadas manipulaciones y omisiones.

Más allá de las versiones cretinizantes de la neolengua mediática que interpreta todo lo que ocurre en el país en clave de ‘crisis humanitaria’, ‘dictadura’ o ‘presos políticos’, o bien de la narrativa heroica de la Venezuela del ‘socialismo’ y la ‘revolución’ que interpreta todo lo que ocurre en el país en clave ‘guerra económica’ o ‘ataque imperial’, hay muchos temas, sujetos y procesos que son invisibilizados, que ocurren mar adentro y que esencialmente constituyen el escenario político nacional. No es posible entender la crisis actual en Venezuela sin analizar en conjunto los factores que se desarrollan ‘desde adentro’.

El criterio de acción e interpretación basado en la lógica ‘amigo-enemigo’ responde más a una disputa entre élites de los partidos políticos y grupos económicos que a los intereses fundamentales de las clases trabajadoras y la defensa de los bienes comunes. Es necesario apostar por miradas integrales del proceso de crisis y conflicto nacional, que contribuyan a trazar las coordenadas para trascender o enfrentar la coyuntura actual.

Presentamos 7 claves para su comprensión, analizando no solo la disputa gobierno-oposición, sino también procesos que se están desarrollando en las instituciones políticas, en los tejidos sociales, en las tramas económicas, al tiempo que se resaltan las complejidades sobre el neoliberalismo y los regímenes de gobierno y gobernanza en el país.

I. No es posible comprender lo que pasa en Venezuela sin tomar en cuenta la intervención foránea

El rico y vasto conjunto de los llamados ‘recursos naturales’ del país; su posición geo-estratégica; su desafío inicial a las políticas del Consenso de Washington; su influencia regional para la integración; así como sus alianzas con China, Rusia o Irán; le otorgan un notable significado geopolítico a Venezuela. Sin embargo, hay sectores intelectuales y mediáticos que continuamente buscan obviar las muy fluidas dinámicas internacionales que impactan y determinan el devenir político en el país, donde resalta el persistente accionar intervencionista del Gobierno y los diferentes poderes fácticos de los Estados Unidos.

En este sentido, estos sectores se encargan de ridiculizar la crítica al imperialismo, y presentan al Gobierno Nacional como el único actor de poder en juego en Venezuela, y por ende el único objeto de interpelación política.

Sin embargo, desde la instauración de la Revolución Bolivariana se ha desarrollado un intenso intervencionismo estadounidense hacia Venezuela, el cual se ha recrudecido y tornado más agresivo a partir de la muerte del presidente Chávez (2013) y del contexto de agotamiento del ciclo progresista y restauración conservadora en América Latina. Vale recordar la Orden Ejecutiva firmada por Barack Obama en marzo de 2015 en la cual se declaraba a Venezuela como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de los EEUU –‘an unusual and extraordinary threat to the national security and foreign policy of the United States’[i]. Ya sabemos qué le ha ocurrido a los países que son catalogados de esta manera por la potencia del norte.

Actualmente, además de las amenazantes declaraciones del Jefe del Comando Sur, el Almirante Kurt W. Tidd (6 de abril de 2017), planteando que la ‘crisis humanitaria’ en Venezuela podría obligar a llevar adelante una respuesta regional –‘The growing humanitarian crisis in Venezuela could eventually compel a regional response’[ii]–, y de la evidencia de la agresividad de la política exterior de Donald Trump con el reciente bombardeo a Siria, el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, encabeza junto a varios países de la región el intento de aplicación de la Carta Democrática para abrir un proceso de ‘restitución de la democracia’ en el país.

Los ideólogos y operadores mediáticos de la restauración conservadora en la región se muestran muy preocupados por la situación de Derechos Humanos (DDHH) en Venezuela, pero no logran explicar en sus análisis porque extrañamente no se hace ningún esfuerzo supranacional del mismo tipo frente a la espantosa crisis de DDHH en países como México y Colombia. En este sentido parece que la indignación moral es relativa y prefieren callar.

Sea pues, por razones de intencionalidad política o ingenuidad analítica, estos sectores despolitizan el rol de los organismos supranacionales desconociendo las relaciones geopolíticas de poder que los constituyen, que hacen parte de su propia naturaleza. Una cosa es una lectura paranoica de todas las operaciones impulsadas por estos organismos globales y otra muy diferente es una interpretación puramente procedimental de su accionar, obviando los mecanismos de dominación internacional y control de mercados y de recursos naturales que se han canalizado a través de estas instituciones de gobernanza global y regional.

Pero hay algo importante que agregar. Si hablamos de intervención, no podemos solo hablar de los EEUU. En Venezuela hay crecientes formas de intervencionismo chino en la política y las medidas económicas que se han ido tomando, lo que apunta a pérdidas de soberanía, incremento de la dependencia con la potencia asiática y procesos de flexibilización económica.

Una parte de la izquierda ha preferido callar estas dinámicas, dado que parece que la única intervención que merece ser señalada es la estadounidense. Pero ambas vetas de injerencia foránea se están desarrollando para favorecer la acumulación capitalista transnacional, la apropiación de ‘recursos naturales’ y para nada tienen que ver con las reivindicaciones populares.

II. El concepto de ‘dictadura’ no explica el caso venezolano

Casi desde el inicio de la Revolución Bolivariana se ha tildado a Venezuela de ser una ‘dictadura’. Este concepto sigue siendo objeto de amplios debates en la teoría política debido a que ha sido desafiado por las transformaciones y complejización de los regímenes y ejercicios de poder contemporáneos, sobre todo en la actual época globalizada, lo que plantea serios vacíos e imprecisiones en sus definiciones.

La ‘dictadura’ suele estar asociada a regímenes políticos o tipos de gobierno en los cuales todo el poder está concentrado, sin limitaciones, en una sola persona o un grupo de ellas; hay una ausencia de división de poderes; ausencia de libertades individuales, de libertad de partidos, libertad de expresión; e incluso en ocasiones el concepto ha sido vagamente definido como ‘lo opuesto a la democracia’.

El término ‘dictadura’ en Venezuela ha sido utilizado y masificado en la jerga mediática de manera bastante superficial, visceral y de una forma moralizante, prácticamente para plantearlo como una especie de especificidad venezolana, distinguiéndose así de los otros países de la región, donde en teoría sí habría regímenes ‘democráticos’.

El asunto es que en Venezuela en la actualidad difícilmente se puede decir que todo el poder está concentrado sin limitaciones en una sola persona o un grupo de ellas, debido a que en el país estamos ante un mapa de actores, que si bien es jerarquizado, es a la vez fragmentado y volátil –sobre todo después de la muerte del presidente Chávez–, en tanto la existencia de diversos bloques de poder que pueden aliarse o bien estar enfrentados entre ellos y que desborda la dicotomía gobierno-oposición.

Aunque exista un gobierno con un componente militar importante, con crecientes expresiones de autoritarismo y con cierta capacidad de centralización, el escenario es altamente movedizo. No hay dominación total de arriba hacia abajo, y hay cierta paridad entre los grupos de poder en disputa. En cambio el conflicto podría desbordarse, caotizando aún más la situación.

El hecho de que la oposición venezolana controle la Asamblea Nacional, la cual ganó contundentemente por la vía electoral, señala además que antes que una pura ausencia de división de poderes, hay en cambio una disputa entre ellos, hasta ahora favorable a la combinación Ejecutivo-Judicial.

Antes pues que hablar de un régimen político homogéneo, estamos ante una amplia y conflictiva red de fuerzas. La metástasis de la corrupción hace que el ejercicio del poder se descentralice aún más, o bien se dificulte su centralización por parte del Poder Constituido.

Lo que sí tiene que ver con el viejo concepto romano de dictadura, es que en este contexto el Gobierno nacional está gobernando por medio de decretos y medidas especiales en el marco de un declarado ‘estado de excepción’, que se oficializa desde principios de 2016. En nombre de la lucha contra la guerra económica, el avance de la delincuencia y del paramilitarismo, y los avances subversivos de la oposición, numerosas mediaciones institucionales y procedimientos democráticos están siendo omitidos. Destacan por su gravedad políticas de seguridad como la Operación de Liberación del Pueblo (OLP), que representan intervenciones de choque directas de los cuerpos de seguridad del Estado en diferentes territorios del país (rurales, urbanos, barrios periféricos), para “combatir el hampa”, los cuales suelen tener polémicos saldos en muertes; la paralización del referéndum revocatorio; la suspensión de las elecciones a gobernación en 2016 sin todavía quedar claro cuando se realizarán; crecientes represiones y excesos policiales ante el descontento social producto de la situación en el país; y un incremento de procesos de militarización, resaltando las zonas fronterizas y las declaradas de ‘recursos naturales estratégicos’.

Este es el mapa político que, junto a las diversas formas de intervención foránea, configuran el escenario de guerra de baja intensidad que atraviesa prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana de los venezolanos. Es este el marco en el que se desenvuelven las libertades individuales, la oposición y pluralidad partidaria, la convocatoria y realización de marchas, expresiones de disidencia y críticas en los medios de comunicación, entre otras formas de la llamada democracia en Venezuela.

III. En Venezuela se están desbordando el contrato social, las instituciones y los marcos de la economía formal

Si hay algo que podría definirse como una especificidad del caso venezolano es que su escenario socio-político actual está desgarrado, profundamente corrompido y altamente caotizado. Hemos sostenido que en el país estamos ante una de las crisis institucionales más severas de toda América Latina[iii], haciendo referencia con esto al conjunto de las instituciones jurídicas, sociales, económicas, políticas, entre otras, que conforman la República venezolana.

La crisis histórica del modelo de acumulación rentista petrolero, la metástasis de la corrupción en el país, severas vulneraciones al tejido social desde el ‘período neoliberal’ y en especial desde 2013, y la intensidad de los ataques y disputas políticas, han desbordado en su conjunto los marcos de las instituciones formales de todos los ámbitos de la sociedad, canalizándose muy buena parte de las dinámicas sociales por la vía de mecanismos informales, subterráneos e ilegales.

En el ámbito económico, la corrupción se ha transformado en un mecanismo transversal y motorizador de distribución de la renta petrolera, desviando enormes sumas de divisas a discrecionalidad de unos pocos, y socavando las bases de la economía formal rentista. Esto ocurre de manera determinante con PDVSA[iv], la principal industria del país, así como con fondos clave como el Fondo Chino-Venezolano o con numerosas empresas nacionalizadas.

El colapso de la economía formal ha hecho de la informalidad prácticamente uno de los ‘motores’ de toda la economía nacional. Las fuentes de oportunidades sociales, sea de ascenso social o de posibilidad de mayores ganancias, se encuentran con frecuencia en el llamado ‘bachaqueo’ de alimentos (el comercio ilegal, a altísimos precios, dirigidos al mercado negro)[v] u otras formas de comercio en los diversos mercados paralelos, sea de divisas, medicinas, gasolina, etc.

En el ámbito político-jurídico, el estado de derecho carece de respeto y reconocimiento por parte de los principales actores políticos, quienes no solo se desconocen mutuamente sino recurren a movidas políticas dispuestos a todo para vencerse el uno al otro. El Gobierno nacional enfrenta a las que considera las ‘fuerzas enemigas’ con medidas de excepción y conmoción, mientras que grupos de la oposición más reaccionarios despliegan operaciones violentas de vandalismo, confrontación y ataque a infraestructuras. En este escenario se ha mermado sobremanera el estado de derecho, haciendo muy vulnerable a la población venezolana.

Cada vez reina una mayor impunidad, la cual se ha expandido a todos los sectores de la población. Esto no solo hace que se enquiste aún más la corrupción, que luce indetenible, sino que implica que la población no espere nada del sistema de justicia, y cada vez más la ejerza con sus propias manos.

El colapso del contrato social genera tendencias de ‘sálvese quien pueda’ en la población. La fragmentación del poder también ha contribuido a que se generen, crezcan y se fortalezcan diversos poderes territoriales, como lo son los llamados ‘sindicatos mineros’ que controlan con armas minas de oro en el estado Bolívar, o bandas criminales que dominan sectores de Caracas como El Cementerio o La Cota 905[vi].

El marco presentado implica nada más y nada menos que el devenir y las definiciones políticas de la actual situación en el país se están desarrollando en muy buena medida por la vía de la fuerza.

IV. La crisis de largo plazo del capitalismo rentístico venezolano (1983-2017)

El hundimiento de los precios internacionales del crudo ha sido determinante en el desarrollo de la crisis venezolana, pero no es el único factor que explica este proceso. Desde la década de los años 80 hay crecientes síntomas de agotamiento del modelo de acumulación basado en el extractivismo petrolero y la distribución de la renta que genera. La actual fase de caotización de la economía nacional (2013-hoy) es también producto del devenir económico de los últimos 30 años en el país. ¿Por qué?

Varias razones lo explican. Alrededor del 60% de los crudos venezolanos son pesados y extra-pesados. Estos crudos son económicamente más costosos y requieren mayor uso de energía y el empleo de procesamientos adicionales para su comercialización. La rentabilidad del negocio que alimenta al país va descendiendo con respecto a tiempos anteriores, cuando prevalecían crudos convencionales. Esto ocurre al mismo tiempo que el modelo exige cada vez más ingresos rentísticos y cada vez más inversión social no solo para paliar las crecientes necesidades de una población que sigue en aumento.

La hiper-concentración poblacional en las ciudades (más de 90%) promueve un uso de la renta orientado fundamentalmente en el consumo (de bienes importados) y muy poco en formas productivas. Las épocas de bonanza promueven el fortalecimiento del sector extractivo (primario) –los efectos de la llamada ‘Enfermedad Holandesa’– lo que vulnera notablemente a los ya débiles sectores productivos. Luego de finalizada la bonanza (como ocurrió a fines de los 70 y ahora desde 2014), la economía queda más dependiente y aún más débil para enfrentar una nueva crisis.

La corrupción socio-política del sistema también posibilita fugas y descentralizaciones fraudulentas de la renta, lo que impide el desarrollo de políticas coherentes de distribución para paliar la crisis

La creciente volatilidad de los precios internacionales del crudo, así como cambios en los balances de poder global en torno al petróleo (como la progresiva pérdida de influencia de la OPEP) tienen también significativos impactos en la economía nacional.

Mientras se desarrollan todos estos vaivenes económicos en el país, los recursos ecológicos se siguen socavando y agotando, lo que amenaza los medios de vida de millones de venezolanos para el presente y futuro.

La actual solución que impulsa el Gobierno nacional ha sido incrementar notablemente el endeudamiento externo, distribuir la renta de manera más regresiva para la población, expandir el extractivismo y favorecer al capital transnacional.

En suma, cualquiera de las élites que gobierne en los próximos años, tendrá que enfrentar, sí o sí, los límites históricos que se han alcanzado con el viejo modelo rentista petrolero. No bastará solo esperar un golpe de suerte para que los precios del petróleo suban. Se vienen trascendentales cambios y habrá que estar preparados para enfrentarlos.

V. ¿Socialismo? en Venezuela se está llevando a cabo un proceso de ajuste y flexibilización económica progresivo

En el país se está desarrollando un proceso de ajuste progresivo y sectorizado de la economía, flexibilizando previas regulaciones y restricciones al capital, y desmantelando paulatinamente los avances sociales alcanzados en tiempos anteriores en la Revolución Bolivariana. Estos cambios aparecen enmascarados en nombre del Socialismo y la Revolución, aunque representan políticas cada vez más rechazadas por la población.

Destacan políticas como la creación de las Zonas Económicas Especiales, las cuales representan liberalizaciones integrales de partes del territorio nacional, una figura que entrega la soberanía a los capitales foráneos que pasarían a administrar prácticamente sin limitaciones dichas regiones. Se trata de una de las medidas más neoliberales desde la Agenda Venezuela implementada por el gobierno de Rafael Caldera en los años 90, bajo las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional.

También resaltan la paulatina flexibilización de los convenios con las corporaciones foráneas en la Faja Petrolífera del Orinoco; liberalización de precios de algunos productos básicos; creciente emisión de bonos soberanos; devaluación de la moneda, creándose un tipo de cambio flotante (Simadi); aceptación de algunos trámites comerciales directamente en dólares, por ejemplo, en el sector turismo; o el fiel cumplimiento de los pagos de deuda externa y los servicios de la misma, lo que implica un recorte en las importaciones y consiguientes problemas de escasez de bienes de consumo básico.

Se está impulsando el relanzamiento de un extractivismo flexibilizado, apuntando fundamentalmente hacia las nuevas fronteras de la extracción, donde destaca el mega-proyecto del Arco Minero del Orinoco, el cual plantea instalar como nunca antes la mega-minería en un territorio de 111.800 kms2 de extensión, amenazando fuentes de vida claves para los venezolanos, en especial para los pueblos indígenas. Estos proyectos suponen además el atornillamiento por largo plazo a los esquemas de dependencia que produce el extractivismo[vii].

Cabe destacar que estas reformas se combinan con el mantenimiento de algunas políticas de asistencia social, continuos aumento de los salarios nominales, algunas concesiones a demandas de las organizaciones populares y el uso de una narrativa revolucionaria e antiimperialista. Esto evidentemente tiene como uno de sus principales objetivos el mantenimiento de los apoyos electorales que quedan.

Estamos en presencia de lo que hemos llamado un ‘neoliberalismo mutante’, en la medida en la que se combinan formas de mercantilización, financiarización y desregulación con mecanismos de intervención estatal y asistencia social.

Parte de la izquierda ha estado muy enfocada en evitar la llegada de gobiernos conservadores al poder para así evitar la ‘vuelta del neoliberalismo’. Pero olvidan mencionar cómo gobiernos progresistas también avanzaron en varias medidas selectivas, mutantes e híbridas de perfil neoliberal, que finalmente afectan al pueblo y a la naturaleza[viii].

VI. ¿La alternativa? El proyecto de los partidos de la ‘Mesa de la Unidad Democrática’ (MUD) es neoliberal

La derechista ‘Mesa de la Unidad Democrática’ (MUD) es el bloque predominante de la oposición partidista al Gobierno nacional, aunque una oposición de izquierda haya venido creciendo lentamente y es muy factible que lo siga haciendo. Esta izquierda crítica, al menos la más definida, no se identifica con la MUD por lo que no articula políticamente con esta.

La MUD no es un bloque homogéneo, y en cambio existen sectores que van, desde influyentes grupos radicales de extrema derecha –que podríamos llamar ‘uribistas’–, hasta llegar a algunos sectores de conservadurismo light, y de liberalismo elitario con cierta tendencia distribucionista. Estos diversos grupos tienen una relación conflictiva entre ellos y con eventuales careos y desplantes mutuos.

A pesar de sus diferencias, a los diferentes grupos de la MUD los une al menos tres factores fundamentales: su matriz ideológica, las bases de su programa económico y su agenda reaccionaria ante el Gobierno nacional y ante la posibilidad de una profunda transformación de corte popular emancipatorio. Nos referiremos a las dos primeras.

Su matriz ideológica está profundamente determinada por la teoría neoclásica y por el liberalismo conservador, enalteciendo obsesivamente la propiedad privada, el fin de la ‘ideologización’ por parte del Estado y el auge de las libertades empresariales e individuales.

Estos pilares ideológicos son más claros en la programática de este bloque que en sus propios discursos mediáticos, donde la retórica es simplista, superficial y llena de consignas. La síntesis más acabada de su modelo económico se encuentra en los ‘Lineamientos para el Programa de Gobierno de Unidad Nacional (2013-2019)’[ix]. Se trata de una versión neoliberal más ortodoxa del extractivismo petrolero, en relación al proyecto del actual Gobierno venezolano.

Destaca el hecho de que, a pesar de enarbolar la bandera del ‘cambio’ y la ‘Venezuela productiva’, su propuesta plantea llevar la extracción de petróleo en Venezuela hasta 6 millones de barriles diarios, poniendo énfasis en el incremento de las cuotas de la Faja Petrolífera del Orinoco. Aunque se acusen, riñan y señalen públicamente, las propuestas petroleras de Henrique Capriles Radonski (Petróleo para tu Progreso)[x] y Leopoldo López (Petróleo en la Mejor Venezuela[xi]) son gemelas, y consensuan con el ‘Plan de la Patria’ 2013-2019 impulsado por el Gobierno nacional. El cambio anunciado no es más que otro atornillamiento con el extractivismo, más rentismo y desarrollismo, y las consecuencias económicas e impactos socio-ambientales y culturales que conlleva este modelo.

VII. La fragmentación del ‘pueblo’ y el progresivo socavamiento del tejido social

En todos estos procesos de guerra de baja intensidad y caos sistémico, el principal afectado es el pueblo trabajador. La potente cohesión socio-política que se configurara en los primeros años de la Revolución Bolivariana ha sufrido no solo un desgaste sino una progresiva desarticulación. Pero estas afectaciones han llegado incluso a la propia médula de los tejidos comunitarios del país.

La precariedad para cubrir las necesidades básicas de la vida cotidiana; los incentivos a la resolución individual y competitiva de los problemas socio-económicos de la población; la metástasis de la corrupción; la canalización de los conflictos y disputas sociales por la vía de la fuerza; la pérdida de referentes ético-políticos y el desgaste de la polarización debido al descrédito de los partidos; la agresión directa a experiencias comunitarias fuertes o importantes y a líderes comunitarios por parte de diversos actores políticos y territoriales; hacen parte de este proceso de vulneración de los tejidos sociales que apunta a socavar los verdaderos pilares de un potencial proceso de transformación popular-emancipatorio o de las capacidades de resistencia de la población ante un mayor avance de fuerzas regresivas en el país.

Mientras tanto, diversas organizaciones de base popular y movimientos sociales a lo largo y ancho del país insisten en construir una alternativa desde sus territorios. Los tiempos dirán cual será su capacidad de resistencia, adaptación y sobre todo su habilidad colectiva para articularse entre ellos y disputar con mayor fortaleza el rumbo del proyecto político nacional.

Si hay una solidaridad irrenunciable que debería impulsarse desde las izquierdas en América Latina y el mundo, debe ser con este pueblo luchador, ese que históricamente ha cargado sobre sus hombros la explotación y los costos de la crisis. Ese que frecuentemente ha desbordado y se ha re-apropiado de las calles buscando que sus demandas sean escuchadas y atendidas. Ese que en la actualidad se enfrenta a los complejos dilemas que suponen los actuales tiempos de reflujo y regresiones. Este pareciera que es el verdadero punto de honor de las izquierdas. El costo de darle la espalda a estas contra-hegemonías populares en nombre de una estrategia de conservación del poder podría ser muy alto.

Caracas, abril de 2017

Emiliano Terán Mantovani es sociólogo venezolano, ecologista político e investigador en ciencias sociales.

http://www.alainet.org/es/articulo/184922

______________________________________________________

[i] https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/2015/03/09/executi…

[ii] http://www.southcom.mil/Portals/7/Documents/Posture%20Statements/SOUTHCO…

[iii] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207450

[iv] http://www.correodelorinoco.gob.ve/impacto/maduro-hay-que-ir-a-sanear-pr…

[v] http://www.eluniversal.com/noticias/economia/leon-bachaquero-invierte-40…

[vi] http://efectococuyo.com/principales/van-al-menos-24-fallecidos-en-enfrentamientos-entre-cicpc-y-bandas-delincuenciales; http://www.radiomundial.com.ve/article/enfrentamiento-en-cota-905-deja-1…

[vii] http://www.alainet.org/es/articulo/175893

[viii] http://www.alainet.org/es/articulo/172285

[ix] http://static.telesurtv.net/filesOnRFS/opinion/2015/12/09/mud_government…

[x] http://www.eluniversal.com/noticias/politica/plan-petroleo-para-progreso…

[xi] http://www.leopoldolopez.com/en-la-mejor-venezuela-duplicaremos-la-produ…


 

¿Cómo funciona la guerra en la cual estamos inmersos? Entrevista con Ana Esther Ceceña

 

Ana Esther Ceceña, economista mexicana, dirige el Observatorio Latinoamericano de Geopolítica. Vinculada a los movimientos populares del continente, realiza un análisis de cómo se desarrolla el actual escenario de guerras del imperialismo norteamericano, y qué sucede, en ese cuadro, en Venezuela.

¿Puede describirnos la doctrina estadounidense actual para América Latina? ¿Cuáles son las líneas que la definen?

Hay dos líneas centrales en la política que tiene Estados Unidos hacia América Latina y hacia el planeta en su conjunto. Una de estas líneas consiste en establecer cuáles son los elementos, los lugares, los espacios, los procesos, que se consideran estratégicos en términos de la reproducción general del capital, y del sistema en su conjunto. Esos elementos que son estratégicos marcan nodos críticos en el planeta, que son los más importantes para ser ocupados o controlados. Entonces, por ejemplo, cuando se trata de las consideraciones sobre política energética, hay una valoración sobre los territorios en los que se encuentran los mayores yacimientos petroleros que hay en el planeta, y son estos territorios los que es necesario ocupar. Ahí va a haber una variedad de políticas y de mecanismos que permiten acercarse a ellos.

La idea es ocupar todo aquello que sea estratégico, porque es necesario para la propia reproducción de la hegemonía de Estados Unidos, pero también porque es necesario limitar el acceso que puedan tener a ellos otros competidores. Es una política que tiene un doble carácter, es en términos generales lo que llamamos los criterios de reproducción estratégica.

La segunda línea proviene de una reflexión profunda que se hizo después de que Estados Unidos pierde en Vietnam, una reflexión sobre el tipo de enemigo que están enfrentando, y sobre el cambio que está ocurriendo con el fin de la guerra fría. A partir de ese momento están pensando que no es solamente una confrontación con un enemigo equivalente, con otro Estado, no son estos bloques de fuerza como durante la guerra fría, sino que principalmente el conflicto se está deslizando hacia enemigos asimétricos, con otras características, otras posibilidades, armas muy distintas que no son propiamente tecnología de guerra sino tecnología de organización, que es lo que les pasó en Vietnam, no entendían cómo actuaban los vietnamitas, porque los vietnamitas no oponían un misil a otro sino más bien una estrategia organizativa a armas avasalladoras.

A partir de ahí empiezan a pensar que la estrategia de dominación tiene que proponerse dominar todas las dimensiones de las relaciones de poder, todas las dimensiones de la vida, tiene que ser de espectro completo, y ahí cabe todo, no solamente es geográfico, espacial, es también energético, económico, cultural, político, entonces el planteamiento es tienen que dominar todos los niveles en que se establecen las relaciones sociales, como para que en estos niveles no se reproduzca una ideología o modos de vida que sean confrontativos americanos, capitalistas.

¿Cómo se traduce eso en las agresiones actuales contra diferentes países del mundo y del continente? ¿Qué implicaciones concretas tiene para la vida de nuestros pueblos?

A partir de estos principios generales se han organizado las guerras en el siglo XXI. Las formas con las cuales Estados Unidos se aproxima al resto del mundo y a los lugares estratégicos es bastante distinta a como lo hacía antes. Ahí entra la idea de las guerras no convencionales. Más que desatar una guerra lo que se hace es crear situaciones de guerra. No son guerras declaradas, no son necesariamente invasiones, son desestabilizaciones, pequeñas invasiones, se colocan fuerzas especiales, personajes que pueden incidir en una desestabilización, o grupitos paramilitares que crean confusión, terror, según los casos. Por supuesto acompañados de campañas mediáticas que tienden a hacer crecer los conflictos, hacerlos aparecer en el límite, el borde. Cosas que han aparecido en Libia, Siria, Irak, Afganistán.

Se crea una confusión muy grande de manera a que la gente de esos países tienda a perder el sentido de realidad, se le modifique, fragmente, se le bombardee mediáticamente con verdades construidas, que termine con la gente diciendo “ya no sé qué es cierto pero lo que sí percibo es que todo es un caos”. Esa idea de que el caos es la falta de control y que todo eso va hacia la catástrofe es algo muy importante en este tipo de guerras que son difusas y no específicas y precisas, que adoptan un conjunto de modalidades distintas simultáneamente.

Hay tres características: la simultaneidad de operativos distintos, como para tender a confundir, eso puede ser a nivel regional, como simultaneidad de procesos que empiezan a ser todos complicados, como ha sucedido en América Latino en tiempos recientes, como en Brasil, Argentina, Venezuela, Honduras, Haití, Paraguay, todo se va encadenando y cada uno es un caso de diferente estilo, pero todos están articulados en torno a una política continental general, todos ocurren simultáneamente de manera que uno no se puede solidarizar con el otro porque tiene su propio problema encima, entonces esta idea de la diferencia y simultaneidad combinadas es muy importante. La otra característica es la del avasallamiento, lanzando una ofensiva de tal vigor que sea casi imposible hacerle frente. Puede ser una ofensiva bélica, atacar con todas las bombas al mismo tiempo, que es lo que ha pasado en Siria, o avasallamiento social, cultural, político, monetario, todo al mismo tiempo, y con una intensidad tal que no permite que uno tome respiro. Hay una idea muy asentada dentro de estas dinámicas, que es la de no dejar resquicio al enemigo, eso está en los documentos del Departamento de Defensa, no dejarle resquicio ni lugares ni permitir que haya poros en la sociedad donde el enemigo, que en este caso es el pueblo venezolano, se pueda refugiar, tomar respiro, recuperar fuerzas, reorganizarse. Es la idea de tapar todos los poros para que no haya ninguna esquinita donde este enemigo, que simétricamente es más débil, pueda recuperar sus fuerzas.

¿Cómo ve esta estrategia en el caso de Venezuela?

Podemos pensar que hay golpes que se dan directos, y hay golpes indirectos. En muchos de los casos de América Latina, Venezuela es uno de esos casos, funcionó durante un primer momento, una estrategia que sería un poco de envolver, rodear. Durante algún tiempo lo que han estado haciendo es que todos estos puntos que entran dentro de la categoría de estratégicos, por ejemplo cuando se colocan bases militares no se colocan ahí porque no se puede, sino que se les rodea de bases militares, o de políticas, normativas que los van poco a poco asfixiando, puede ser en los países de alrededor con países de fronteras que tiendan a alterar el funcionamiento entre esos países, como el caso de la frontera entre Colombia y Venezuela. Ocurre lo mismo con algunas instituciones que son soportes de los procesos, y lo que se hace es irlas carcomiendo, debilitando, y cuando estas instituciones pierden fuerzas, el objetivo último queda en condiciones de mayor fragilidad.

Estos dos momentos pueden ser simultáneos o secuenciales. Puede haber dos momentos simultáneos, pero también pueden ser secuenciales, puede haber un primer momento de golpe directo, luego de golpe envolvente, y luego nuevamente directo, o pueden simultáneamente estar ocurriendo un operativo envolvente y uno de penetración directa. Es importante tener en cuenta que siempre se juega con fuerzas internas, mientras menos aparezca la mano externa entonces mejor. Se usan recursos de fuerzas internas que estén en algún modo de posición de oposición natural, fuerza del tipo de Capriles, que son auspiciadas, alimentadas, y también ocurre lo mismo con algunas instituciones que son soportes de los procesos. También se utilizan fuerzas intermedias, como esta cuestión ahora de que 11 países de América Latina le están exigiendo a Venezuela que dé fechas de elecciones, poniendo condiciones, creando amenazas. No es Estados Unidos, son estos otros países, que son los países equivalentes, que además son envolventes porque son los que están alrededor de Venezuela, entonces la iniciativa tiene esas dos funciones: la envolvente y el ataque directo, y además encubrir la fuente originaria de la iniciativa.

En América el punto más estratégico es Venezuela, por el petróleo, Venezuela y sus alrededores, Venezuela y el canal de Panamá, es la Amazonia, el canal, el paso entre los dos océanos, el petróleo, agua, minería, es una zona absolutamente estratégica donde Venezuela tiene un peso muy fuerte, y este espacio un poco mayor que sería el paso caribeño de Panamá junto con Venezuela es el punto fundamental a controlar en América Latina y es el punto donde se está concentrando la ofensiva en este momento.

Prensa Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora

Mercenarios en Venezuela

Por: Reinaldo Bolívar | Domingo, 23/04/2017 08:24 PM

Tomado de Aporrea

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La figura del mercenario es de vieja data. La contratación de individuos para la guerra ha sido común. En épocas remotas era para complementar a ejércitos pequeños de naciones que se veían agredidas por otras más grandes.

Con el tiempo, en el presente siglo ejércitos enteros han sido reemplazados por compañías dedicadas al entrenamiento de mercenarios, como si de una empresa de vigilantes privados se tratará, pero que operan para el mejor pagador. El mercado de esos batallones privados movió de 2001 a 2011, más de 100 mil millones de dólares. Los primeros campos para el trabajo fueron Afganistán e Iraq.

La grandes empresas son la Academi, firmó el primer contrato (27,7 millones de dólares) con el Pentágono para el envío de sus tropas a Irak en 2003; en Reino Unido la G4S que tiene más de 500 mil agentes; en Latinoamérica (Perú) la Defion Internacional, especializada en entrenamiento militar; con sedes en varios países del mundo y contratista del Pentágono la Aegis Defense Services; en EEUU Triple Canopy, formada por veteranos de guerra, tipo Rambo; la DynCorp que opera en Irak y estuvo en Haití; la Unity Resources Group presente en 15 países del mundo, incluyendo el Golfo Pérsico.

La guerra ya no es solo un negocio de los fabricantes de armas, sino un gran negocio para estas empresas.

Pero el mercenariazgo no es exclusivo de esas grandes empresas. En pequeña escala, se contratan a individuos preparados para la manipulación de armas, preparación de trincheras, explosivos industriales y caseros o simplemente agitadores profesionales que muchas veces son delincuentes comunes o personas adictas a drogas que aceptan pagas medianas para ponerse al servicio de desestabilizadores conectados con financistas internacionales.
En Venezuela, la práctica ha entrado con fuerza desde 2014. Lideres negativos de la derecha se han convertido en operadores para la contratación de mercenarios locales, algunos entrenados dentro y fuera de país.

Bajo la cortina de marchas catalogadas falsamente de pacíficas, con personas muchas veces de buena voluntad y con su expresión política respetable, que ponen a hacer barras a esos mercenarios que arremeten contra las institucio9nes y servicios públicos y hasta contra servicios maternales e infantiles.

La estrategia del golpe de Estado global

Si bien Estados Unidos ha comenzado a tratar de economizar sus medios militares bajo la presidencia de Barack Obama, no por ello ha cesado de actuar militarmente en todo el mundo. La potencia imperial sigue disponiendo de un amplio sistema, a la vez abierto y secreto, que le permite intervenir casi en cualquier lugar del mundo, sistema que pone en marcha cada vez que se le ofrece la menor ocasión.

 

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¿Qué relación existe entre sociedades geográfica, histórica y culturalmente lejanas, desde Kosovo hasta Libia y Siria, desde Irak hasta Afganistán, desde Ucrania hasta Brasil y Venezuela? Lo único que tienen en común es el hecho de verse arrastradas por la estrategia global de Estados Unidos, ejemplificada en la «geografía» del Pentágono, que divide el mundo en «áreas de responsabilidad». Cada una de esas áreas está «en manos» de uno de los seis «mandos combatientes unificados» de Estados Unidos:

- el Mando Norte (NorthCom) cubre Norteamérica,
- el Mando Sur (SouthCom) cubre Sudamérica [1],
- el Mando para Europa (EuCom) cubre la región que incluye la Unión Europea y Rusia,
- el Mando para África (AfriCom) cubre el continente africano,
- el Mando Central (CentCom) cubre el Medio Oriente y parte de Asia,
- el Mando del Pacífico (PaCom) cubre la región Asia/Pacífico.

A los 6 mandos geográficos se agregan otros 3 que operan a escala mundial:
- el Mando Estratégico (StratCom) a cargo de las fuerzas nucleares,
- el Mando de Operaciones Especiales (SoCom),
- el Mando de Transporte (TransCom).

Al frente del Mando Europeo [EuCom] se encuentra un general o un almirante nombrado por el presidente de Estados Unidos. Este alto jefe militar estadounidense asume automáticamente el cargo de Comandante Supremo de las fuerzas de la OTAN en Europa. La OTAN se ve así automáticamente incluida en la cadena de mando del Pentágono, lo cual implica que opera fundamentalmente en función de la estatregia de Estados Unidos. Esa estrategia consiste en la eliminación de todo Estado o movimiento político-social que constituya una amenaza para los intereses políticos, económicos y militares de Estados Unidos, país que, aunque sigue siendo aún la mayor potencia mundial, está perdiendo terreno ante la aparición de nuevos actores estatales y sociales.

Son numerosos los instrumentos de esta estrategia y van desde la guerra abierta –como los ataques de fuerzas aeronavales y terrestres contra Yugoslavia, Afganistán, Irak y Libia– hasta las operaciones secretas realizadas en esos países y en otros, últimamente en Siria y Ucrania. Para la realización de estas operaciones, el Pentágono dispone de las fuerzas especiales, alrededor de 70 000 especialistas que «cada día operan en más de 80 países a escala mundial». Y también tiene a su disposición un ejército secreto de mercenarios. En Afganistán, según documenta Foreign Policy [2], el número de mercenarios del Pentágono se eleva a 29 000, o sea 3 mercenarios por cada soldado estadounidense. En Irak hay unos 8 000… 2 mercenarios por cada soldado estadounidense.

A los mercenarios del Pentágono se agregan los de la tentacular comunidad de inteligencia, que incluye, además de la CIA, otras 15 agencias federales. Los mercenarios son doblemente útiles ya que pueden asesinar y torturar sin que tales actos se atribuyan a Estados Unidos. Y cuando resultan muertos en acción, sus nombres no aparecen en la lista de bajas. Además, el Pentágono y los servicios secretos disponen de grupos a los que arman y entrenan, como los grupos islamistas utilizados para atacar Libia y Siria desde adentro y los neonazis utilizados en el golpe de Estado de Ucrania.

Otra herramienta de esta misma estrategia son las «organizaciones no gubernamentales» [ONGs] que, disponiendo de enormes medios, son utilizadas por la CIA y el Departamento de Estado para montar acciones de desestabilización interna en nombre de la «defensa de los derechos ciudadanos». En ese marco se inscribe también la acción del grupo de Bilderberg [3] –que el magistrado Ferdinando Imposimato denuncia como «uno de los responsables de la estrategia de la tensión y de las masacres» en Italia [4]– y la de la Open Society del «inversionista y filántropo George Soros», artífice de las «revoluciones de colores» [5].

En la mira de la estrategia golpista de Washington están hoy Brasil, para torpedear al grupo BRICS, y Venezuela, para socavar la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Para desestabilizar Venezuela, indica el SouthCom en un documento recientemente revelado [6], hay que crear «un escenario de tensión que permita combinar acciones callejeras con el empleo dosificado de la violencia armada».

Fuente
Il Manifesto (Italia)