protesta


 

 

Números

Un amigo fotógrafo le dice a otro, otra…: “otra vez Gerardo puso su numerito”. Contemos al infinito, el rosario de números: Injusticias, mentiras, delaciones, idioteces, chismes de cantina, chismes de calles, chismes. Plagios: Saga de telenovelas. Premios, corrupción, calumnias. En fin un traje bien ajustado para el Centro Intelectual de la ciudad

Silencio

Algunos lo usan como arma, como estrategia para construir sus municiones y sus bombas de oxigeno.

Fragilidad

Una caricatura desata el odio, el miedo, la intriga. James Bond 007 se queda pequeño ante tan magnánimo parapeto. La situación desmonta y des construye. Salen a relucir los niveles de vidrios rotos, de cerebros rotos

Plagio

Sobre el piso, de lo hecho en el piso, de lo que se construye el piso. Sólo que esta vez se hizo transparente.

Chivo Expiatorio

Al no existir la cara, se busca el espejo, se busca la imagen, de no conseguirla se inventa el mito que sustente la rabia, la xenofobia, el odio, la mentira. Se acusa y se proponen más mentiras. Todo ello sobre un nombre y sobre éste el hombre.

Lo mismo

Sin piso donde construir se hace, de mentiras, la casa en el aire. Si se incendia, se desvanece en el aire mismo. La vida pasa y sin estructura sigue lo mismo, los mismos, la misma gente.

Gerardo Martínez

Este post me ha llegado como un agregado vía blog, de manera anónima y suponemos que es el mismo demandante quien hace llegar la suplica reclamante. La situación planteada proviene de un conflicto acaecido a principios del año en la comunidad de estadounidenses que viven en Yucatán y que se sienten estafados por la Mérida English Library (MELL), debido a que el dinero de la institución, ilegalmente adquirido ante los ojos de Hacienda Pública fue sustraído de las arcas administrativas de dicha institución.

A continuación lo que llegó:

Un ciudadano mexicano promueve una queja criminal contra la biblioteca de la lengua inglesa de Mérida (MELL). En la misma se acusa a la misma de fraude interno y burla a sus contribuyentes. La querella acusa a MELL de ser una falsa “institución no lucrativa mexicana”, lo que implica que esta entidad aun no ha resuelto requisitos legales bajo ley mexicana para solicitar y manejar donaciones de origen público.

MELL no aparece en la lista de HACIENDA como “organizaciones no lucrativas autorizadas”, lo que hace ilegal toda transacción hecha en su nombre. Según Hacienda sólo se autoriza: a todas aquellas instituciones que hayan solicitado donaciones del público, a través de recibos deducibles de los impuestos dentro del año fiscal , o de acontecimientos que prevean movilización de fondos adquiridos para el mejoramiento de la misma entidad.

HACIENDA publica una lista de todas las organizaciones no lucrativas autorizadas y está disponible en los registros en los S.A.T. (Servicio de Administración Tributaria).

La queja se extiende desde el año 2009 hasta el año 2011, bajo precedentes y documentos falsos, según cuenta el informante. El demandante hizo donaciones en efectivo por la cantidad de $65.000 Pesos mexicanos que fueron dados, al registrode Mell, administrado en el entonces por los señores Deneau y Mitch Keenan, con la promesa de que los impuesto y recibos legales serían publicados para mostrar la transparencia de las transacciones elaboradas.

La queja también indica que el demandante donó 186 libros a la biblioteca durante este tiempo; verificable por el email enviado a través del concepto: “se ofrecen voluntariamente.” El demandante exige la vuelta del dinero donado, más interés, y los libros.

La queja registra a Deneau y Mitch Keenan por defraudar el cuerpo directivo y los asociados, también nombra a Jose Martinez, a Chloe Pacheco, a Surratt Williams, a Judith Abbott, y a Raymond Branham como conspiradores e impostores que efectuaron un complot fraudulento contra los residentes extranjeros de Mérida así como de los visitantes de la institución. Los investigadores – Federales – con el Procuraduria General de la Republica (PGR) lanzarán una investigación cuidadosa en las semanas y los meses a continuación. Los nacionales y extranjeros que se encuentren culpables del fraude realizado están conforme a la ley en peligro de deportación

 

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De la absoluta incredulidad, uno pasa al silencio, a una sensación de disgusto que no se explica, a una nausea descontrolada. Luego al asombro y de allí al temor por lo que vendrá, por lo desconocido y porque a todos los que habitamos está ciudad se nos quebró y violento el piso.

Lo sucedido en Mérida, ayer, con el inicio de la construcción del paso vial subterráneo, llamado “deprimido” establece que ya se perdió la regla de un juego democrático y de un solo golpe de timón se toma a la sacrosanta teoría del Estado para imponer matrices personalistas y partidistas, dejando a un lado las visiones, opiniones y derechos de todos los ciudadanos que habitan la orbe, eso que llamamos comuna.

La pregunta esencial, a estas horas del asunto, es por qué no se abrió un referéndum para escuchar las partes y conocer si la glorieta de Montejo debía ser reestructurada; por qué no se llevó a cabo un exhaustivo proceso de investigación que abriera posibilidades de transporte fluido en una ciudad que ha crecido a paso de locura, por los otros ciudadanos mexicanos que huyen de sus estados sumergidos en la violencia. ¿Se ha tomado en cuenta, a la verdad pública, que este paso puede llegar a ser el punto más inundable de la ciudad?

Los hechos demuestran que no, que no se ha escuchado a la ciudadanía. Mérida ha crecido en un porcentaje desorbitado y se nos tienen ocultas las estadísticas e índices del caso, pues eso implica responsabilidad social y acción ciudadana para con los que llegan, bien a invertir, bien a trabajar, bien a participar en la evolución citadina. Mientras esto sucede y se deja a un lado, los enfoques de la Alcaldía se han dirigido a proyectos que no tienen asidero común y que a la larga no proyectan un beneficio palpable en el proyecto de vivir aquí.

Mientras, Mérida se ahoga en un centro histórico lleno de escombros, sucio y en total estado de abandono, pernoctado en las noches por una campante prostitución, que se sofoca en agresiones y hechos delictivos, también escondidos y omitidos. También agregaremos, solo como un mostrador, que las aceras de la ciudad perdieron la perspectiva de “aceras” y están todas derruidas, rotas y cuando no, con tramos inexistentes. Ni más decir del sistema de alcantarillado que es quimérico para la cantidad de agua que cae en las temporadas de lluvia y que convierten la ciudad en un navegable charco de aguas negras.

Con este pequeño rosario de haberes por hacer, de situaciones por reconstruir, surge el hecho de una cosa obsoleta e impuesta que ha traído una visión dantesca de un infierno que se llevaba por dentro y que salió a mirarnos la cara con una doctrina del miedo. A golpe limpio, a golpe sucio, a porrazo batiente se agredieron ancianos, se asfixiaron niños, se mancillaron partes diplomáticas, se acallaron los gritos de libertad con el odio y el miedo, se traspasaron los papeles y vemos mujeres esbirros atacar a una señora indefensa pegándole en la cabeza y en sus costillas como un acto de tortura, publica, publicitada.

No importaron los llantos, los gritos y las voces no fueron escuchados sino acallados. Ahora las culpas van de un lado a otro como pelota de goma en rebote, que si fueron infiltrados del PAN, que si hay quintas columnas, que el paso va, que no se si hubo heridos, que no hubo, que fueron ellos, nosotros, nosotras no tenemos nada que ver, se des enmarca la información veraz para crear una escapatoria, una salida al suceso y a sus múltiples interpretaciones. Surge la pregunta, dentro de un marco legal: ¿se escuchó al pueblo, al vecindario, a los que por allí transitan…?

Los hechos hasta hoy sucedidos muestran una cara preocupante y que debe ser analizada con urgencias por los partidos políticos, porque demuestran que a distancias de los ciudadanos corren ríos y cauces que desbordarán el lodo con lo cual pueden quedar sepultados. Oído al tambor cuando este suena. Repetir el hecho es acercar la ciudad de la Paz a un borde de la cual no habrá salida.

Gerardo Martínez

Autor: Juan Falque.

 

Que nadie se quede sin verlo ni comentarlo, ahora entenderemos porque se quieren apropiar del continente africano. las naciones  de Europa y Estado Unidos  han decretado la guerra al ser humano, tal como lo conocemos.

 

que las imágenes y las voces de los jóvenes hablen y digan…

Santiago Alba Rico

En 1999 dos perros se cruzan en la frontera. Uno, argelino, flaco,
desfallecido, cojo y roído por las pulgas, trata de entrar en Túnez; el
otro, tunecino, lustroso, bien alimentado, limpio, saludable, trata por su
parte de entrar en Argelia. El tunecino está perplejo: “¿por qué quieres
entrar en mi país”, pregunta. El argelino responde: “porque quiero comer”. E
inmediatamente añade, aún más perplejo que su compañero: “Lo que no entiendo
es por qué quieres entrar tú en Argelia”. El tunecino entonces contesta:
“porque quiero… ladrar”.
En 1999, cuando se contaba este chiste en los medios intelectuales, Túnez
estaba amordazado, pero a cambio disfrutaba -se repetía- de una situación
económica incomparablemente mejor que el resto del mundo árabe. Con un
crecimiento medio del 5% durante la década pasada, el FMI ponía al país como
ejemplo de las ventajas de una economía liberada de las trabas
proteccionistas y en el año 2007 el Foro Económico Mundial para Africa lo
declaraba “el más competitivo” del continente, por encima de Sudáfrica.
“Kulu shai behi”, todo va bien, repetía la propaganda del régimen en vallas
publicitarias, editoriales de prensa y debates coreográficos en la
televisión. Mientras el gobierno vendía hasta 204 empresas del robusto
sector público creado por Habib Bourguiba, el dictador ilustrado y
socialista, se multiplicaba el número de 4×4 en las calles, se construían en
la capital barrios enteros para los negocios y *le loisir* y hasta 7
millones de turistas acudían todos los años a disfrutar de la cada vez más
sofisticada y sólida infraestructura hotelera del país. En el 2001, cuando
se abrió el primer Carrefour, símbolo y anuncio del ingreso en la
civilización, algunos podían hacerse la ilusión de que Túnez era ya una
provincia de Francia. Era un país maravilloso: la luz más limpia y hermosa
del mundo, las mejores playas, el desierto más hollywoodesco, la gente más
simpática. No se podía hablar ni escribir, es verdad, pero a cambio la gente
engordaba y el islamismo reculaba. La UE y Estados Unidos, pero también las
agencias de viajes y los medios de comunicación contribuían a alimentar la
imagen de un país más europeo que árabe, más occidental que musulmán, más
rico que pobre, en transición hacia la felicidad del mercado capitalista. No
se podía ni hablar ni escribir, es verdad, y también es verdad que ocupaba
el segundo lugar en el ranking mundial de la censura informática, pero el
esfuerzo del gobierno merecía una recompensa: Túnez organizó una Copa de
Africa, un Mundial de Balonmano y en 2005 una insólita Cumbre de la
Información durante la cual se ocultó al mundo una huelga de hambre de
jueces y abogados y se detuvo a periodistas y blogueros.
A poco que alguien se hubiese molestado en rascar bajo esa superficie bien
barnizada habría descubierto una realidad bien distinta. Nadie o casi nadie
lo hizo. De enero a junio de ese año 2005, por ejemplo, El País publicó 618
noticias relacionadas con Cuba, donde no pasaba nada, y 199 sobre Túnez,
todas sobre el turismo o el mundial de balonmano; El Mundo, en esas mismas
fechas, registró 5162 entradas sobre Cuba, país donde no pasaba nada, y sólo
658 sobre Túnez, casi todas sobre el mundial de balonmano; y ABC tendió 400
veces la mirada hacia Cuba, país donde no pasaba nada, mientras sólo
mencionaba a Túnez 99 veces, 55 de ellas en relación con el mundial de
balonmano. El 10 de marzo de ese mismo año una rápida búsqueda en Google
entregaba 750 enlaces sobre el reparto del gobierno cubano de las famosas
ollas arroceras y sólo tres (dos de Amnistía Internacional) sobre la huelga
de hambre y la tortura a presos en Túnez.
Pero lo cierto es que Carrefour y los *humvee *-y la vida nocturna en
Gammarth- ocultaba no sólo la normal represión ejercida por Ben Ali desde
1987, año del golpe palaciego o del Gran Cambio, sino también la
desaparición de una clase media que había comenzado a formarse en los años
60 y había sobrevivido a la crisis de finales de los 80. Unos pocos entraban
en el Carrefour y otros muchos salían del país: hasta un millón de jóvenes
tunecinos -sobre una población de 10 millones- viven fuera, sobre todo en
Francia, Italia y Alemania. Mientras una minoría dejaba el francés por el
inglés y despreciaba, por supuesto, el dialecto tunecino, la estructura
educativa heredada del régimen anterior, relativamente solvente, se
degradaba de tal modo que el último informe PISA relegaba a Túnez a uno de
los últimos diez lugares de la lista de la OCDE. Mientras veinte familias
disfrutaban del ocio en los Alpes o en París, el paro aumentaba hasta
alcanzar el 18%, el 36% entre los más jóvenes: entre los diplomados y
licenciados pasaba de un 0,7% en 1984 a un 4% en 1997 para dispararse a un
20% en 2010. En el espejo del Carrefour -en medio de la publicidad
atmosférica que invitaba a un consumo inaccesible-, los jóvenes de los *
banlieu* de la capital y de las regiones del centro y sur del país parecían
conformarse con poder disfrutar de ese reflejo.
¿Quién se beneficiaba de este crecimiento bendecido por el FMI y por las
instituciones europeas? Básicamente una sola familia, extensa y tentacular,
a la que los despachos de la embajada estadounidenses filtrados por
wikileaks describen como un “clan mafioso”. Se trata de la familia de Leyla
Trabelsi, la segunda esposa del dictador, hasta tal punto dueña del país que
muchos se referían a Túnez (*la Tunisie*) como *La Trabelsie*. Ben Alí y su
familia política se habían apoderado, mediante privatizaciones opacas, de
toda la actividad económica de la nación, convirtiendo el Estado en el
instrumento de un capitalismo mafioso y primitivo o, mejor, de un feudalismo
parasitario del capitalismo internacional. La lista de sectores saqueados
por el clan resulta apenas creíble: la banca, la industria, la distribución
de automóviles, los medios de comunicación, la telefonía móvil, los
transportes, las compañías aéreas, la construcción, las cadenas de
supermercados, la enseñanza privada, la pesca, las bebidas alcohólicas y
hasta el mercado de ropa usada. No puede extrañar que, durante las revueltas
de estos días, se hayan asaltado tantos comercios, empresas y bancos; se ha
hablado de “vandalismo”, pero se trataba también de un vandalismo certero o,
en cualquier caso, de un vandalismo que, incluso cuando se desencadenaba al
azar, inevitablemente acertaba: golpease donde golpease, golpeaba sin duda
una propiedad de los Trabelsi.
En este cuadro de represión y apropiación, había que tender el oído para
escuchar el ruido de la marea ascendente. Pocos lo hicieron, ni siquiera
cuando en enero de 2008, en Redeyef, cerca de Gafsa, en las minas de
fosfatos, otro incidente menor -una protesta por un acto de nepotismo- puso
en pie de guerra a toda la población. Durante meses se prolongaron las
huelgas, hubo cuatro muertos, doscientos detenidos, juicios sumarísimos con
penas escalofriantes. Mientras Redeyef permaneció sitiado por la policía,
sólo periodistas y sindicalistas tunecinos trataron de romper el bloqueo
policial e informativo. En Europa, la *Trabelsia* seguía siendo bella,
tranquila, segura para los negocios y la geopolítica. Tan solo un periodista
italiano, Gabriele del Grande, se atrevió a entrar clandestinamente en el
corazón de las protestas y sacar información antes de ser detenido por la
policía y expulsado del país. Su reportaje comienza así: “Sindicalistas
detenidos y torturados. Manifestantes asesinados por la policía. Periodistas
encarcelados y una potente máquina de censura para evitar que la protesta se
extienda. No es una clase de historia sobre el fascismo, sino la crónica de
los últimos diez meses en Túnez. Una crónica que no deja lugar a dudas sobre
la naturaleza del régimen de Zayn al Abidin Ben Ali -en el gobierno desde
1987-. Una crónica que revela el lado oscuro de un país que recibe millones
de turistas todos los años y del que escapan miles de emigrantes también
todos los años”. En un libro posterior, *Il mare di mezzo*, del Grande
describe en detalle la maquinaria del terror tunecino, con las cárceles
secretas en las que desaparecían no sólo los opositores nacionales sino
también los emigrantes argelinos, secuestrados en el mar por las patrulleras
locales -policías de Europa- para ser arrojados luego en el abismo. Nadie
dijo nada. Era mucho más importante sostener al dictador; Ben Ali y las
potencias occidentales compartían no sólo intereses económicos y políticos
sino también el mismo desprecio radical por el pueblo tunecino y sus
padecimientos.
Pero el 17 de diciembre una chispa iluminó de pronto el monstruo y revelo
asimismo, como explica el sociólogo Sadri Khiari, que “no hay servidumbre
voluntaria sino sólo la espera paciente del momento de la eclosión”. El
gesto de desesperación de Mohamed Bouazizi, joven informático reducido a
vendedor ambulante, puso en marcha un pueblo del que nadie esperaba nada,
que los otros árabes despreciaban y que Europa consideraba dócil, cobarde y
adormecido por el fútbol y el Carrefour. Un ciclo lunar después, el 14 de
enero pasado, tras cien muertos y decenas de metástasis rebeldes en todo el
territorio, la ola rompió en el centro de Túnez y alcanzó su objetivo. Ya no
se trataba ni de pan ni de trabajo ni de youtube: “Ben Ali asesino”, “Ben
Alí fuera”. La última carga policial, desmintiendo las promesas que había
hecho el día anterior el dictador, provocaron aún numerosos muertos y
heridos. Pero era muy hermoso, muy hermoso ver a esos jóvenes de los que un
mes antes nadie esperaba nada volverse en la calle y retener a la gente que
huía para animarla a regresar a la batalla con las estrofas vibrantes del
himno nacional: “namutu namutu wa yahi el-watan” (*moriremos moriremos para
que viva la patria*). A última hora de la tarde, apoyado hasta el final por
Francia, el dictador huía a Arabia Saudí, dejando a sus espaldas milicias
armadas con instrucciones para sembrar el caos.
El peligro no ha pasado, la lucha continúa. Pero ahora hay un pueblo que
libra las batallas. “El 14 de enero es nuestro 14 de julio”, repiten los
tunecinos. Quizás el de todo el mundo árabe. Jamás el pueblo había derrocado
un dictador; y este pueblo inesperado, intruso en la lógica de las
revoluciones, este Túnez de jazmines y luz de miel, ahora de dignidad y
combate, es el espejo en el que se miran los vecinos, de Marruecos al Yemen,
de Argelia a Egipto, hermanos de frustración, infelicidad e ira. No hay que
encontrar las causas, siempre dadas, sino el minuto. Y ese minuto es ahora.

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